Una tarde en la casa de Jorge
Una tarde en casa de Jorge

Ese verano había sido particularmente fresco en Los Angeles. Un sábado a por la mañana llamó mi amigo Jorge, el esposo de Helena, para pedirme si podía ir a su casa para consultarme por un asunto administrativo. Yo estaba ocupado, pero le dije que para las tres de la tarde podría ir…

Ana había salido de compras con Helena al shopping bien temprano.
A la hora prometida llegué a la casa de Jorge y me extrañó que su auto no estuviera estacionado en la cochera, como era habitual.

Tuve la primera sorpresa cuando Helena abrió la puerta: allí estaba la mejor amiga de mi esposa, vestida solamente con tacos altos, una diminuta tanga de seda negra y una especie de negligeé transparente. Sonrió y me hizo pasar. Apenas entré, me rodeó el cuello con sus brazos y me comió la boca con un beso de lengua profundo. Mi verga, naturalmente, se puso rígida. Mis manos bajaron a acariciar sus nalgas casi desnudas y la atraje contra mi cuerpo, para que ella sintiera mi dureza…

Cuando rompió el contacto con mis labios le dije que estaba sorprendido; no por encontrarla así lista como para arrastrarla a la cama, sino porque se suponía que ella debía estar con Ana de shopping…
Helena largó una carcajada, diciendo: “Víctor querido; tu mujercita fue a encontrarse con dos negros que la van a coger durante toda la tarde… no esperes que vaya a volver temprano…”
Después acercó sus labios a mi oído y susurró bien por lo bajo:
“Esos dos negros la tienen enorme…”

Agregó que Jorge había salido de apuro a atender una emergencia en su oficina y con tanta prisa no había podido avisarme para posponer nuestra cita. Helena volvió a sonreír, diciendo que en realidad su marido había ido a cogerse a su secretaria amante; una pendeja de veinte años, infernal…

Me invitó a subir a su dormitorio y allí encontré la segunda sorpresa.
Sentada en la cama estaba Camila, otra argentina que vivía en nuestro vecindario. Estaba vestida con otro negligeé transparente y zapatos de taco alto; sus piernas abiertas me dejaban ver el esplendor de sus labios vaginales brillando con su humedad. Entré en silencio, viendo que ella estaba hipnotizada leyendo algún mensaje en su celular. De pronto advirtió mi presencia y me saludó sonriendo, sin cerrar sus piernas…

Ana no soportaba demasiado a la tal Camila: decía que era una mujer insoportable; una lesbiana puta… muy, muy puta…
La entrada de Helena en escena me sacó de los pensamientos de abalanzarme sobre Camila y meterle a fondo mi verga dura. La amiga de mi fiel? Esposa venía sonriendo, con varios juguetes sexuales entre sus manos, incluyendo un arnés con una verga de látex enorme…
Camila me estaba mirando la entrepierna, donde yo ya no podía disimular la tremenda erección que me provocaba ver a esas dos perras casi desnudas, casi entregadas…

De repente dijo: “Helena, nunca dijiste que Víctor la tenía tan grande”.
Helena sonrió, diciendo que eso era un secreto ahora sabido por los tres. Se acercó a mí ronroneando como un gato y me acarició la entrepierna.
“Vas a ser capaz de dejarnos satisfechas a las dos…?
Le respondí que sí, aunque seguía pensando que no me costaría demasiado, porque estaba seguro de que Camila no aceptaba hombres.

Pero de repente Camila dejó su celular, se inclinó hacia adelante y me bajó mis pantalones de gimnasia hasta las rodillas. No me había puesto ropa interior, así que mi verga erecta pegó un salto y quedó apuntando directamente a su cara. Camila abrió sus labios y se tragó mi verga hasta el fondo de su garganta. Yo no podía creer que una mujer lesbiana fuera tan buena lamiendo una pija. Pero así fue. Durante cinco minutos me la chupó mejor que ninguna otra mujer, hasta que Helena nos interrumpió.

La amiga de mi esposa se había colocado el arnés en la cintura y estaba lubricando con aceite la poderosa verga negra de látex.
Vio mi cara de horror y me dijo: “No te asustes, bebé, no es para vos…”

Entonces se arrodilló entre los muslos abiertos que le ofrecía su amiga lesbiana y muy despacio se deslizó hacia adelante, penetrando suavemente la estrecha concha de esa mujer. Puso los tobillos de Camila sobre sus hombros y entonces empujó un poco más, metiéndole esa cosa negra hasta el fondo.

Camila dejó escapar un breve gemido inicial; después solamente abrió la boca sin emitir ningún sonido, mientras Helena se balanceaba sobre ella, bombeándola cada vez con más ritmo, incrementando la velocidad…
Así estuvieron un buen rato, mientras yo presenciaba el placer de ambas y me desnudaba para estar listo cuando Helena pidiera mi intervención.

Su amiga finalmente tuvo un primer orgasmo, pero no gritó ni pataleó, simplemente su cuerpo tembló apenas y sus piernas se relajaron.
Helena comenzó a bombear otra vez, buscando un segundo orgasmo.
Me dedicó su mirada más sensual y me señaló la mesa de luz, diciendo:
“Ahí está el lubricante, quiero tu pija enorme por atrás…”

No la hice esperar demasiado. Tres segundos después le enterraba la mitad de mi verga en su estrecho esfínter, mientras ella seguía bombeando sin descanso entre los muslos de Camila.

Helena comenzó a gemir, diciendo que le encantaba sentir mi pija en el fondo de su culo. Eso me volvió loco, sumado a la visión de Camila, que me miraba con ojos de fuego mientras recibía los embates de su amiga.
Yo tenía la sensación de estar cogiéndolas a las dos. Era algo increíble.

Camila esta vez gimió cuando sintió aflorar su segundo orgasmo. Luego de relajarse, se salió de debajo del cuerpo de Helena y se sentó a un lado para observar a su amiga siendo desfondada por mi verga cada vez más dura.
Helena se quitó el arnés y comenzó a acariciarse los labios vaginales, mientras yo seguía embistiendo su culo cada vez con más ímpetu.

Finalmente alcanzó el orgasmo que ella esperaba y luego cayó hacia adelante totalmente rendida, saliéndose de mi verga. La visión de su entrada anal enrojecida y dilatada me volvió loco. Le pedí que me dejara seguir cogiéndola, porque yo no había llegado a acabar. Pero ella dijo:
“La boca de Camila te va a hacer acabar mucho mejor que mi culo…”

Antes que terminara la frase, sentí los labios de Camila alrededor de mi pija. Helena tenía razón, esa perra era única manejando su boca.
Me hizo acabar entre sus labios abiertos en menos de un minuto, tragándose todo mi semen hasta la última gota. Luego se levantó y se encerró en el baño.

Helena me miró ronroneando, mientras se acariciaba el clítoris…
“Te gustó mi amiga, Víctor??” “Ahora tengo algo diferente para vos…”

Me susurró, mientras me mostraba un consolador un poco más pequeño que el usado para darle placer a Camila. Lo lubricó con su saliva, pasándole la lengua de una manera tan salvaje, que mi verga comenzó otra vez a apuntar al cielorraso…
Le dije que mi culo estaba reservado para Anita solamente y ella no insistió.
Camila regresó del baño y le pidió a Helena que le permitiera lamerle la concha. Por supuesto aceptó encantada y mientras abría sus piernas, yo decidí que era el momento de desaparecer de la escena, antes de que a la perversa Helena se le ocurriera volver a la carga con su juguete en mi culo.

Llegué a casa mientras oscurecía y comencé a preparar algo para la cena. Cerca de las nueve regresó Anita, muy sonriente y feliz con unos pequeños paquetes del shopping; aunque yo sospechaba que los paquetes enormes ya se los habían metido en su delicado cuerpo esos dos negros.

Le pregunté cómo le había ido y me contestó que no había gastado demasiado dinero, pero que su amiga Helena había comprado mucha lencería erótica:
“Parece que esta noche va a haber cierto ajetreo en esa casa…”