Un terceto en nuestra propia cama
Un terceto en nuestra propia cama

Un viernes por la tarde, mientras regresaba de la oficina, recibí una llamada de Anita, diciendo que no se aguantaba más las ganas que tenía de coger y que había invitado a Ricardo a cenar, para ver si el mecánico le calmaba un poco la ansiedad a pura verga.

Cuando llegué a casa casi tuve un infarto; Ana ya se había preparado para la ocasión, usaba unas calzas plateadas bien ajustadas, el culo se le marcaba perfectamente sin tanga ni nada parecido, una remera de hilo también ajustada que realzaba el tamaño y la dureza de sus hermosas tetas y por supuesto sus pies enfundados en unos tacos infernales que solamente las putas callejeras podrían usar. Esta vez ni me dejó acercarme, diciéndome con cierta ironía:.

“Esta noche me va a disfrutar solo mi macho, vos vas a poder mirar nada más…”

La quería matar, cogérmela allí mismo en el piso de la cocina, antes de que llegara el otro hijo de puta, pero todo fue inútil. Solo podía hacerme una paja de mirón.

Al caer la noche apareció el sonriente Ricardo, acompañado por una chica que rondaba los cuarenta años, a la que presentó como su pareja.
Era una mujer no demasiado bella pero muy sensual, con un cuerpo muy modelado por la gimnasia, tetas firmes y un culo bastante prometedor, que podía adivinarse debajo de su falda bien ajustada.
Se llamaba Gabriela y desde el primer momento intuí que el nuestro iba a ser un encuentro interesante.

Mi esposa parecía un poco decepcionada por la nueva adquisición de Ricardo, pero el turro se las arregló para acercarse a ella y meterle una mano por debajo de las calzas, mientras su novia conversaba de espaldas conmigo. Le masajeó un poco la concha y después sacó la mano, llevándose los dedos a la boca para saborear la lubricación que ya tenía mi mujercita.
Algo extraño se traía entre manos, yo estaba seguro que, en algún momento de la noche, iba a encontrar la manera de cogerse a Anita como fuera, delante de esa otra mujer o a escondidas.

La cena se desarrolló en un ambiente distendido, cada vez que yo levantaba la vista me encontraba con la sensual mirada de Gabriela en mis ojos, que estaba sentada frente a mí. En un momento sentí que su pie descalzo intentaba abrirse paso entre mis piernas, para luego apoyarse sobre mi verga y comenzar a masajearla, sintiendo entonces que una fuerte erección iba apareciendo.
Mientras hacía eso, ella me sostenía la mirada y hablábamos de cualquier tema…

Después de los postres Ana recogió los platos y anunció que iba a la cocina a preparar café. Naturalmente, Ricardo, aprovechó la ocasión para decir que la acompañaba a ayudarla.

Gabriela y yo nos acomodamos en los sillones, mientras la música sonaba suavemente.
A pesar de ello, podía oírse desde la cocina unos gemidos que llegaban un poco apagados, por lo cual supuse que Ricardo ya se estaba cogiendo a mi esposa.
La mujer de mi amigo también parecía prestar atención a los sonidos extraños, pero continuaba provocándome sensualmente, mientras se acariciaba las piernas.

“Parece que alguien lo está pasando muy bien esta noche, no te parece?” Me dijo.

Asentí distraídamente con la cabeza, mientras mi cerebro trataba de identificar los sonidos ahora no tan apagados, para saber en qué etapa de la cogida estaban.

De repente Gabriela se levantó y caminó felinamente hacia mí. Se levantó un poco la falda, dejándome ver que no llevaba ropa interior. Pasó una pierna a cada lado de mi cuerpo y se inclinó para desabrocharme el cinturón y luego bajarme los pantalones hasta las rodillas.
Entonces se agachó directamente sobre mi verga durísima y comenzó a frotar sus labios vaginales contra ella, moviéndose hacia atrás y adelante.
Se apoyó con sus manos sobre mis hombros y cerró los ojos susurrando:

“Nosotros también podemos divertirnos un poco, mientras tanto”

El roce contra su concha ya me estaba provocando un orgasmo violento en seco, me parecía que no iba a poder acabar sobre esos labios tan lubricados.
De repente, Gabriela se levantó apenas y entonces sentí que tomaba mi verga y se empalaba en ella hasta el fondo de su cálida vagina, embistiendo cada vez con más intensidad contra mi pelvis. Se inclinó sobre mi cuerpo, ahogando sus leves suspiros y gemidos contra mi oído…

Apenas un par de minutos después sentí que el calor subía desde mi verga y estallé en un orgasmo descontrolado, aullando de placer, sin importarme nada, ni siquiera que el turro del mecánico se enterara de que me estaba cogiendo a su mujer. Pero en la cocina continuaban los gemidos de Ana, cada vez más intensos.

Gabriela dejó de moverse y abrió los ojos, sonrió sensualmente y me susurró al oído que todavía ella no había terminado, pidiéndome que fuéramos al dormitorio.

Cuando la llevé a la cama se puso en cuatro patas, dejándome ver su concha depilada, la vulva bien inflamada por el roce de nuestros cuerpos, los labios externos bien abiertos y chorreando mi semen; una vista espectacular.
Me ubiqué detrás de ella entre sus espectaculares piernas y comencé a frotar mi dura verga entre sus enrojecidos y húmedos labios; la lubriqué bien con la leche desbordante y entonces amagué con metérsela por el culo.
Pero ella me detuvo, diciendo que su culo le pertenecía solamente a Ricardo.
“Otra más” mascullé con bronca para mis adentros y con esa misma furia la embestí con todo, penetrando en un solo embate su concha hasta el fondo, haciendo que diera un alarido de dolor.
Comencé a bombearla con un buen ritmo, sintiendo crecer mi poronga adentro suyo, a la vez que sus jugos la lubricaban y facilitaban el movimiento del mete saca.
Ella se movía felinamente, respondiendo con sus caderas a mis embates, provocándome oleadas de placer mientras la cogía de esa manera tan salvaje…

En pocos minutos alcanzó el orgasmo, enterrando la cabeza en una almohada para ahogar los gritos delirantes que daba. Quise salirme pero me retuvo por la cadera con sus manos, moviéndose muy despacio hacia adelante y atrás, prolongando un poco más su placer.
Finalmente se echó hacia adelante y así quedó acostada boca abajo, casi desmayada.
Entonces, una estúpida carcajada interrumpió ese momento tan placentero.

“Flaco, te pierdo de vista por dos minutos y ya te estás cogiendo a mi mujer!”.

En el vano de la puerta estaba Ricardo, completamente vestido, mientras abrazaba a Anita por la cintura, perdiéndose su callosa mano en el culo de ella. Mi esposa estaba desnuda de la cintura para abajo, las calzas plateadas había quedado en la cocina; restos de semen corrían por sus piernas hasta esos zapatos de taco aguja que llevaba todavía puestos. Sus pezones duros se adivinaban bajo la ajustada camiseta de hilo. Estaba muy excitada, producto de la tremenda cogida que le había dado seguramente el mecánico.

Yo continuaba sentado en la cama tratando de recuperar el aliento. Gabriela se deslizó felinamente entre ellos y bajó al comedor, para volver unos momentos después con un arnés de cuero sujeto a su cintura, dotado de un enorme falo de silicona de color negro.

Mi amigo se desnudó por completo, mientras le indicaba a mi esposa que fuera a la cama. A mí me dijo que me sentara en una silla; ahora solamente sería testigo.

Anita se puso en posición de perrita, mientras Gabriela se ubicaba detrás de ella, tomándola por las caderas y llevándola despacio hacia atrás, hasta que mi esposa sintió que la verga negra bien lubricada con gel comenzaba a abrirse paso en su delicado culo.
Comenzó a jadear levemente, mientras Gabriela tomaba ritmo y comenzaba a bombearle el culo cada vez con más intensidad y velocidad.

Ricardo mientras se había ubicado frente a mi mujer, metiéndole la verga dentro de la boca, lo cual provocó que sus suspiros fueran un poco más apagados.
Yo estaba sentado sin hablar, viendo como ambos disfrutaban de mi mujercita.

En un momento se miraron entre ellos y Gabriela sacó abruptamente el falo negro del culo de Anita, dejándole el lugar a Ricardo, que casi no perdió tiempo en meter su enorme verga en el castigado culo de mi esposa. Ella se retorció de dolor ante la súbita intrusión, pero enseguida comenzó a embestir la pija de Ricardo, llevando sus caderas hacia adelante y atrás.

Gabriela vino gateando hasta mi lugar y se llevó a sus labios mi endurecida verga, dándole una chupada increíble, que en pocos instantes me provocó un orgasmo infernal, acabándole en su habilidosa boca.
Ana mientras tanto gritaba cada vez más, hasta que el tipo se tensó y terminó llenando su delicioso culo de semen caliente.

Luego la parejita feliz se encerró en el baño, de donde salieron pulcramente vestidos para irse. En la puerta Gabriela se volvió para comerme la boca en un beso húmedo, dejándome sentir todavía el sabor de mi propio semen.
Mientras se alejaban pude oír la sonora y estúpida carcajada de Ricardo.

Regresé a la habitación, donde Ana había quedado boca abajo, relajada y casi desmayada después de tanto placer. Mientras recorría con mis dedos esas delicadas nalgas, viendo su dilatada entrada trasera rebosante de semen, no pude dejar de pensar que todo esto definitivamente se nos había ido de las manos.