Secreto de confesión
Dedicado a cdnuria, gracias por compartir tu fantasía, por muy extraña que parezca siempre se le pueden poner palabras.

– Ave María Purísima- dije, y el agitado latir de mi corazón me impidió escuchar la respuesta del otro lado de la celosía.

Mientras mi cabeza trataba de poner en orden aquellos sentimientos inconfesables, en mi cerebro aun resonaba el eco de mis pequeños tacones caminando decididos sobre el mármol bicolor que pavimentaba aquella pequeña parroquia de barrio. La seguridad que me había empujado a salir de casa y llegar hasta la iglesia, había desaparecido de golpe. Me miré, arrodillada en el confesionario, con mi traje de chaqueta y falda a juego, la blusa blanca y el collar de perlas demasiado perfectas para ser naturales, parecía una señorita de provincias. Y lo que tenía que confesar también era un pecado muy propio de pequeña burguesa de otros tiempos.

– Te escucho hija… ¿Qué tienes que contar?- se oyó proveniente del otro lado. Hija… Esa palabra repicó en mi cabeza y llegó a todos mis sentidos. Bajé la mirada, entre avergonzada y satisfecha. Mi peinado, mis ropas, el perfume, la voz… le habían hecho llamarme hija. A esas horas y en esa modesta iglesia alejada de los grandes templos siempre llenos de turistas, apenas media docena de beatas rondaban por allí, sentadas rezando en bancos suficientemente alejados como para que no escucharan lo que tenía que decir. Decidida respiré profundo y abrí la boca dispuesta a confesar estos sentimientos que me atormentan desde hace años, y sin embargo, cuando mis labios se separaron, fui incapaz de emitir el más mínimo sonido.
– No tengas miedo… el Señor perdona todos los pecados de sus siervos- dijo la voz al otro lado de la madera. Había escogido el confesionario al azar, sin saber quien se escondía al otro lado de los minúsculos agujeros. Tan sólo podía intuir su cara blanca sobre el fondo negro de su ropaje. Su voz era dulce, ligeramente cantarina, y sus silencios pesados. – ¿Qué tienes que confesar?- insistió la voz.
Tragué saliva y comencé a hablar.
– Padre, me acuso de pecar contra el Noveno y de querer hacerlo contra el Sexto- El silencio como toda respuesta. Pensé que estaría repasando mentalmente la lista de mandamientos para ver si mis pecados eran más o menos perdonables. Mi corazón latía desbocado en el pecho. Ni el sacerdote ni yo hablábamos, y ese silencio se me hacía eterno. Estaba decidida a seguir contando mis secretos más íntimos cuando su voz surgió del otro lado de la celosía.
– Hija mía, sé que la tentación es grande y la carne débil, lo sé, pero lo que el Señor nos pide en esta vida es contención- comenzó a decir pausadamente, sopesando mucho cada una de sus palabras. Después prosiguió: Ambicionar los bienes de los demás es un acto de envidia grandísimo, y ya si hablamos de otra clase de deseos… ¿me escuchas?- interrumpió el discurso para ver si lo seguía. Afirmé con un movimiento de cabeza, y tras unos instantes para recuperar el hilo de su discurso, continuó diciendo: Sentir afecto por otras personas, aún y cuando estas personas estén comprometidas, no está mal, incluso si se tratase de un afecto especial, distinto. Pero lo que tú me estás confesando aquí es algo mucho más grave. Desear que esos pensamientos impuros se transformen en actos de la misma naturaleza, es algo que atenta, no sólo contra la ley de Dios, o contra los sentimientos de terceras personas, sino que atenta también contra tu propia dignidad. Uno debe respetar las promesas de fidelidad realizadas- dijo mientras con su mano dirigía un gesto a la alianza que brillaba en mi mano derecha- y respetar la fidelidad de sus conocidos, vecinos…-

– No, Padre, no se trata de eso- osé interrumpirle.
– ¿Entonces?, explícame hija, no entiendo lo que quieres decir- dijo.
– Vera… Desde hace años, toda mi vida, he sentido el deseo de ser amada, de ser poseída por un siervo de Dios- comencé a explicar.
– ¡¿Qué?!- exclamó casi gritando. Al hacerlo varias de sus feligresas giraron la cabeza hacia aquella posición. – Eso no puede ser hija…, nosotros somos servidores de Cristo…-
Lo veía revolverse en su asiento, observaba lo alterado de su estado, pero aunque él no quisiera escucharme, yo estaba decidida a contar hasta el más nimio detalle de aquella fantasía que llevaba atormentándome desde la época del internado. – Yo creo en Dios, padre, conozco sus enseñanzas y sé cuales son los pecados… he luchado mucho contra esos deseos que habitan en mí, pero son más fuertes que mi voluntad, ¿qué puedo hacer?…- la excitación del momento convirtió mi tantas veces preparado discurso en una sucesión de frases más o menos inconexas. – Padre, sólo le estoy pidiendo ayuda, sólo quiero su perdón.
– Para que exista perdón debe existir arrepentimiento, y creo que usted no esta arrepentida, dígame, ¿lo está?- habló rápido y con un tono de voz alterado, tan alejado de la complicidad con la que me había acogido. No quería sumar a la lista de mis pecados una nueva mentira, así que evité responder.
– Ah, lo ve…sin arrepentimiento no hay absolución que valga. Además, hay pecados que no se pueden perdonar- zanjó.
– Pero…- intenté razonar.
– No hay peros que valgan- dijo, y acto seguido se incorporó y rápidamente abrió la puerta central del confesionario y salió caminando. Me incorporé e intenté seguirlo. La escena había distraído de sus rezos a las pocas mujeres que poblaban la iglesia. Cuando corriendo sobre mis tacones lo alcancé y me vio sin el panel del confesionario de por medio, quedó patidifuso:

– Usted es… usted no es…- Su voz hacía eco en las paredes del templo. Cuando sintió sobre nosotros la atención de sus parroquianas, me agarró fuertemente de la parte alta de mi brazo derecho, y casi empujándome me hizo entrar en una estancia que se ocultaba tras una gran puerta de madera oscura. – Escúcheme. Si no se marcha de aquí en cinco minutos, llamaré a la policía- me dijo mirándome a los ojos muy serio. Acto seguido volvió sobre sus pasos dejándome sola en aquella sala. Los pocos muebles que allí había hacían que el lugar se viera aún más grande de lo que ya de por sí era. Un aparador con un crucifijo sobre él, un par de sillas pegadas a la pared y otros tantos cuadros de santos colgando eran la única decoración de la habitación. Me hubiese gustado obedecer sus deseos, aunque estos no fueran los mismos que yo sentía, y marcharme de allí, pero de repente me sentí incapaz de dar un solo paso. Me sentía vacía por dentro, como si toda la fuerza de mi cuerpo se hubiera esfumado en ese instante. De pronto me vi derrumbada en el suelo, con mis manos tapando unos ojos de los que comenzaban a escaparse las lágrimas, vestido de mujer y con mis secretos más oscuros rotos en mil pedazos después de chocar con el cura más íntegro de la ciudad.

Ignoro cuando tiempo pasó, tal vez más de esos cinco minutos de gracia que se me habían concedido para enjugar mi llanto y marcharme, pero yo seguía allí, llorando. Ni siquiera la irrupción de alguien me hizo levantar la cabeza. Sentí primero sus pasos, hasta que unos zapatos y el vuelo de una sotana entraron en mi campo de visión. Se acercó y posó su mano en mi cabeza.
– ¿Qué sucede, por qué llora?- dijo sin preguntarme qué hacía en aquella zona ajena al público. Levanté la vista y cuando mi mirada se cruzó con la suya… No sé que se siente al tener una aparición, pero en ese preciso instante supe lo que se siente cuando por fin se encuentra lo que se lleva toda una vida buscando. Al instante supo que era un hombre, que su mano se posaba en una peluca y que mis ropas de señora decente escondían los deseos de un cuerpo masculino y pecaminoso. Lo supo y lo supe. Rodeé sus piernas con mis brazos y apreté mi cara contra sus muslos. Sin decir nada. Yo hacía y él me dejaba hacer. Rondaría los sesenta, tal vez alguno más, alto, delgado, el rostro seco y en sus ojos marrones el rastro de una vida alejada de los votos a los que se debía. Nunca supe si conocía mi presencia allí o si entró por casualidad y al verme entendió que él era la absolución que necesitaba mi cuerpo, pero cuando mis dedos trataron de soltar los botones de su túnica, él mismo me ayudó.

Han sido tantas las pollas que he sacado de sus escondrijos a lo largo de mi vida que, aunque mi cabeza estuviera envuelta en la sotana, encontré sin problemas el hueco hacia sus pantalones y bajo su calzoncillo. Tímida y flácida entre mis dedos, tal y como imaginaba la del Padre Francisco, don Paco, mi profesor en el internado, aquella que tantas veces soñé tener entre mis labios mientras eran otras, más jóvenes y menos sagradas, las que entrando en mi cuerpo me habían convertido en la puta que soy hoy día. Mis dedos comenzaban a hacer resbalar la piel blanquecina de ese pito. Aquel sacerdote me miraba de manera lasciva, con una sonrisa torcida en su rostro. Acerqué mi cabeza a su entrepierna, sentí el cosquilleo de su vello púbico en mi piel, e inmediatamente mis labios se abrieron al pasar de su sexo. Su mano huesuda en mi nuca me impedía apartar la cara. Movía su polla en mi boca, chocando con los dientes, las encías. Cuando salió de mí, su glande antes seco e irritado se veía brillante por la saliva. Me aproximé de nuevo su sexo a la cara, y él colaboró empujando de nuevo mi cabeza contra su cuerpo. Poco a poco el buen hacer de mi boca hizo crecer su pene. Apareciendo entre la negrura de sus ropajes, de apenas quince centímetros, estrecha y rematada por un capullo amoratado, la polla de aquel hombre de Dios se torcía a la derecha si mis manos no la sujetaban firmemente. Mi lengua buscaba sus cojones en la base del tronco. Aquello se me daba tan bien que él tuvo que acallar varios gemidos entre dientes. Sus manos se posaban en los laterales de mi cabeza y acompañaban cada uno de mis cabeceos. Mi boca tragaba incesante su verga, mi cara se perdía entre sus ropas. De pronto su mano me apartó de sí. Volvió a empujar mi cara cuando mi voluntad de seguir con la mamada buscó su entrepierna.
– Espera- ordenó, y yo quedé arrodillado observándole. Caminó presuroso hasta la puerta. De su bolsillo sacó unas llaves que manejó nervioso. Cerró la puerta por la que ambos habíamos entrado y caminó hasta el otro extremo de la estancia donde volvió a cerrar una puerta en la que yo no había reparado hasta entonces. Agarró una de las sillas, la colocó a mi lado, y antes de sentarse desabrochó algunos botones más de la sotana, bajó su pantalón y calzoncillo, y mirándome dijo: sigue.

Mis manos corrieron raudas a acariciar su entrepierna, mi boca bajó al encuentro de su polla. Sus manos se volvieron a posar en mi cabeza, y un gemido de satisfacción escapó de su garganta cuando su rabo desapareció en la mía. Poco a poco mis cabeceos se hicieron rítmicos, pausados. Tragaba su polla, la sentía cimbreando al contacto con mis labios. Apenas apartaba la vista de su polla emergiendo erecta en un bosque de vello. Sólo de vez en cuando mis ojos buscaban los suyos, y en ese cruce de miradas ambos sentíamos la satisfacción del hecho de ser dos pecadores irredentos. Entonces él volvía a agarrar mi cabeza y la empujaba más allá de su sexo, obligándome a lamer sus testículos, haciendo que mi lengua se perdiera en los confines de su escroto. Luego me devolvía a su cipote, y yo volvía al mecánico chupar incansable que tanto me satisfacía.

Al cabo de unos minutos se incorporó de improviso. – Ven- me dijo, y agarrándome del brazo me hizo levantarme a mí también. Caminaba de una manera torpe y graciosa, con los pantalones recogidos a la altura de los tobillos, y la sotana abierta salvo en los botones más cercanos al cuello asemejando una capa. Me hizo ponerme de espaldas, frente al aparador y el crucifijo metálico que estaba sobre él. Sus manos guiaban mis movimientos. Hizo que posara las manos sobre el mueble y que separara las piernas. Levantó mi falda. Sentí el chasquido de una palmada sobre mis nalgas y el calor de mi piel. – Quítatelas- ordenó. Viendo que yo no reaccionaba repitió: quítate las bragas y dámelas. Rápido. Yo obedecí al instante. Nerviosa, la tela se me trabó con los pequeños tacones y apunto estuve de caer. Cuando se las entregué las miró, las olisqueó y las guardó en el bolsillo. Al volver a mi posición una nueva palmada enrojeció mi trasero, y su mano empujando mi cabeza me hizo quedar aún más a su merced.

Lo sentí acercarse. El roce con su glande tembloroso, el paso de su polla dura en mis nalgas. Sus manos se posaron en mí. Sentía sus dedos clavándose en mi piel, separando los cachetes de mi culo, queriendo abrir un ano que se veía demasiado cerrado. De pronto me distrajo el sonido de unas campanas. Los cuartos y hasta siete campanadas. Entre la segunda y la tercera el escozor de un cuerpo húmedo y calido rasgando mi ano sin lubricación. Gemí y ahogué un grito en mi garganta mientras sentía cómo me iba penetrando. Una pequeña pausa, un nuevo empujón y la satisfacción de ver cumplida mi más oscura fantasía. Mi cuerpo ardía con toda su polla alojada en mi recto. Él comenzó a retirarse lento, hasta que su abultado capullo hizo tope. Entonces un violento empujón que me hizo darme de bruces con el armario. Con la boca abierta y la garganta seca aguantaba sus idas y venidas. El olor a incienso y a iglesia se impregnaba en mí. Lo rápido de la follada me dejaba suponer que él sentía el mismo miedo que yo a que tras un movimiento de manija llegase el sonido de unas llaves en la cerradura y ser descubiertos en tan pecaminosa escena. Agarrado a mis caderas me penetraba sin pausa. A una salida lenta seguía un empujón brusco que volvía a clavarlo en mí. Aquel sacerdote no debería saberlo, pero el hombre que era bajo sus hábitos sabía tratar a las putitas como yo. Sus manos doblaban mi espalda, empujaban mi cabeza, me hacía mirar al suelo. Mis manos se agarraron al crucifijo que tenía delante. Lo sujetaba con fuerza, hasta sacudirlo de un lado a otro cuando los empujones que rompían mi culo se hacían más violentos. Seguía follándome. Únicamente se detenía para levantar mi falda o buscar una postura más cómoda para sus golpes de riñón. El calor y el escozor que nacían en mi ano se apoderaban de todo mi cuerpo, y ni siquiera el frío metal del Cristo crucificado que sujetaba entre mis manos podía calmarlos. En el silencio de aquella habitación, de su boca sólo escapaban una especie de gruñidos y la mía era incapaz de producir otra cosa que callados quejidos. Sus manos bajaban por mis muslos, levantando mi pierna. De nuevo sentí el chasquido de su mano abierta golpeando mi piel. Imaginé el dibujo de su mano sobre mi piel colorada y cuando repitió el castigo sonreí. Sujetaba con su brazo mi pierna levantada, uno de mis zapatos colgaba y con cada uno de sus empujones, mis costillas chocaban irremediablemente con el aparador.

Se tomó una ligera pausa. Sentí su respiración pesada, sus manos buscando la manera de acomodar mi cuerpo, e inició una nueva tanda. Su polla dura entraba y salía sin dificultad de mi trasero. Yo ya me había acostumbrado al dolor que su presencia en él me causaba, y disfrutaba de ver realizada mi soñada fantasía. El sonido que escapaba de su garganta se fue volviendo más gutural. En cada una de sus embestidas sentía las entrañas queriendo escapar de mi cuerpo. De pronto la presencia de su polla se tornó temblorosa. Aguardó. Uno, dos, tres golpes secos y de repente mi interior bañado con otras tantas ráfagas de leche caliente. Él gruñía y yo satisfecha resoplaba. Dejó caer pesadamente mi pierna y mi zapato terminó por salírseme. Con un tacón si y uno no cojeaba. Me giré. Por primera vez lo veía de frente. El sudor pegaba el pelo a sus sienes, y una vena marcada cruzaba su frente. – Gracias- le dije simplemente, y observé cómo recomponía sus ropas mientras una última y furtiva gota de semen afloraba en su capullo. Lo vi caminar de nuevo hasta la puerta. Otra vez sacó las llaves, la abrió y caminando hasta la otra puerta, la más cercana a nosotros, repitió la operación. Me di cuenta que no tenía intención de devolverme las bragas, así que decidí que era mejor que me apresurase a arreglarme yo también. Bajé mi falda, recoloqué mi zapato, me lamenté por el par de carreras que surcaban mis medias, acomodé la peluca, y observé como desde el quicio de la puerta aquel sacerdote se volvía y me decía:
– Salga por aquí. El padre Miguel está diciendo misa y no creo que le guste verla todavía por aquí.
Acto seguido desapareció con el mismo sigilo con el que había entrado. Yo terminé de recomponer mi aspecto, y con el cuerpo dolorido y la cara roja. más por el esfuerzo que por la vergüenza, hice una genuflexión delante del crucifijo al que se habían asido mis manos, y santiguándome marché por la puerta trasera.