Mi primo Chuchi (III). Tostada con mantequilla
Mis padres se fueron muy temprano, hacía calor y su viejo Renault 12 no tenía aire acondicionado. Mi madre pasó a despedirse de nosotros y no habían acabado de cerrar la puerta cuando mi primo Chuchy me dijo.
-Vete y ponte unas bragas y un camisón de tu madre y vuelve rápidamente a la cama.
Cogí el camisón que se había quitado mi madre y unas bragas que había en el cesto de la ropa sucia, sudadas y sucias. Mi excitación era enorme. Como pude hice lo que había hecho tantas veces a solas, me metí los huevos para dentro y coloqué mi polla hacía atrás. El efecto no era perfecto, pero escondía un poco mi masculinidad y a mí me excitaba aún más sentir mi palpitante, caliente y abultada polla entre mis piernas y las bragas sucias y olorosas de mi madre.
Cuando entré en la habitación encontré a mi primo completamente desnudo sobre la cama se agarraba sus pelotas luciendo una gran erección.
-Hazme una paja y rapidito, que tenemos que dormir. Mañana nos espera un día duro.
Me arrodillé entre sus piernas, le agarré la polla con la mano derecha mientras con la izquierda le sobaba los huevos, despacio y delicadamente, mirándole a los ojos. Poco a poco sus jadeos fueron subiendo de intensidad hasta que sin mucho tardar descargo un gran chorro se semen que salpicó mi cara y su barriga.
-Límpiame bien con esa lengua de puta que tienes.
Mi excitación era tal que me dolían los huevos y la polla, cada vez más gorda, entre mis piernas. No podía más y se lo dije.
Mi primo me miró muy serio y me dijo: -ni se te ocurra masturbarte, so zorra. Métete en la cama conmigo ya y a dormir
Así lo hice, me metí en la cama. Al poco tiempo noté su cuerpo pegado al mío, su polla pegada a mi culo y sus ronquidos en mi oreja. Yo excitado sin poder dormir.
No debía de llevar mucho tiempo dormido cuando me despertó de un azote: -Vete a hacerme el desayuno y me lo traes a la cama, una tostada con mantequilla, un huevo revuelto y un café. Y así lo hice, vestido como cualquier ama de casa por la mañana, camisón y bata y pensando en el siguiente deseo de mi hombre.
Le llevé el desayuno a la cama. -Dúchate y ponte guapa, te quiero ver maquillada y bien depilada.
Me duché, me afeité el poco pelo que entonces tenía en las piernas y el del pubis y los huevos como pude. Nunca lo había hecho y me llevo un tiempo. Me puse el aceite de baño de mi madre, me pinté las uñas de las manos y los pies, también como pude, me puse sombra de ojos, colorete y me pinté los labios como lo había otras veces solo. El resultado fue tan malo como las otras veces, pero me excitaba pensar que esta vez no lo hacía para mí, si no para otro hombre, para mi hombre.
Escogía un conjunto de sostén, que rellené con unas hombreras que encontré en el cajón) y bragas color carne, unas medias negras, una blusa blanca que no me quedaba excesivamente pequeña y un traje de falda y chaqueta que me había puesto muchas veces cuando me quedaba solo y que me gustaba. Me puse unos pendientes de pinza, un collar de perlas y una pulsera de mi madre. Por último, unos zapatos abiertos con un poco de tacón que eran los únicos que me podía calzar. Me miré al espejo y me gustó el conjunto, me sentí excitante y excitado, muy excitado y deseando de ver la reacción de mi primo.
Mis andares eran patosos y no precisamente femeninos ni elegantes, las cintas del zapato se me clavaban; la excitación, la expectativa y los nervios superaban la sensación de ridículo.
– ¿Cómo estoy?, le pregunté a mi primo, que aún estaba en la cama, dando una vuelta para que me viera por delante y por detrás.
No contestó, se mordió el labio inferior, se destapó se agarró el cipote y me hizo la señal de que acercara con la mano alternándola con la del dedo señalando su polla. No había ninguna duda de lo que él quería, y yo encantando porque eso es lo que también deseaba en ese momento. Su polla sabía todavía al semen que había esparcido la noche anterior por mi cara y a sudor y eso me ponía todavía más caliente. Chuchi agarraba mi cabeza y la movía marcando el ritmo y profundidad que deseaba, el collar le rozaba los huevos y la pulsera sonaba mientras mi mano acariciaba su pecho.
No sé el rato que llevaba amorrado a su polla, lamiéndoles las pelotas, pajéandole, saboreando su glande cuando me levantó la cara y me dijo: – Coge la mantequilla y úntala bien en mi rabo…
Mi polla parecía que iba a reventar de un momento a otro, cogí la barra y se la pasé de arriba abajo y de abajo a arriba; como llevaba tiempo fuera de la nevera no fue difícil la tarea, la grasa resbalaba por mi mano, me la lamí para limpiarme mirando a mi primo a los ojos…
– Date la vuelta, quitáte las bragas y ponte a cuatro patas… No podéis ni imaginar a que velocidad me iba el corazón y cómo palpitaba mi polla. Me coloqué tal como me pidió mi primo y entonces, al oído me dijo… – métete los dedos en el culo y dilátatelo bien…
La grasa de la mantequilla facilitaba la tarea y la excitación de imaginar su polla bien untada esperando turno aceleraba mi respiración. Veía a mi primo untarse bien los dedos y de repente noté que agarraba firmemente mi mano sacando mi dedo de mi culo e introduciendo posteriormente primero uno, después dos… yo jadeando ya, después tres… y por último cuatro de sus dedos… dolor y excitación… sacó los dedos y entonces sentí que me separaba las nalgas, el sonido de un escupitajo y la saliva en el abierto agujero de mi culo.
Cerré los ojos y lo siguiente que sentí fue su caliente glande abriéndose paso lenta y firmemente, con cuidado… parándose, despacio, volviendo un poco para atrás y volviendo a avanzar… la pulsera sonando, el collar sonando… poco a poco más ritmo: en sus embestidas, en mis gemidos, en el ruido de la pulsera y del collar, en su respiración… y de repente, tras parar sus acometidas. su chorro caliente en mis entrañas.
Vencidos nos dejamos caer sobre la cama, mi primo sobre mi espalda aún destilando lefa en mi culo. Yo dolido, agradecido, excitado, con mi culo saciado de calor, de su tranca y de su leche.