Mamada fuera de clases (historia corta).
Es hoy en día, con la decisión de crearme una cuenta en esta página, la cual he frecuentado moderadamente mas sin llegar al abuso u obseción, es que recuerdo esta historia entre inocente y divertida. Así es, la historia de la primera vez que recibí sexo oral. Se pensará que no hay mucho por contar, y en realidad es una experiencia corta cuando las emociones y excitación van a mil por hora; pero desvarío.

Un más joven yo —alrededor de los 18 años— acudía a clases, la vida normal. Ligeramente aburrida, no pegada a la monotonía salvo de mis propias limitaciones fuera de escribir —porque me gusta escribir, aunque me considere un novato aún en este ámbito pese a tener algunos años ya de práctica—. En una clase vacía con compañeros sin rostro y cuyas pláticas poco a nada valían, una compañera cuyo nombre no mencionaré por el respeto y discreción, se acercó a mí.

Congeniábamos bien, nada fuera de lo normal. Ninguna maravilla, considerarían otros más. La muchacha comenzó a platicar sobre lo en efecto blanqui negro del día, de temas para mejorarlo. Una charla que esperarías entre dos jóvenes despistados. Pese a su inocencia y temple de ternura, ella de gesticuló una serie de movimientos, veloces y por lo bajo, imitando el acto de sexo oral.

—Oye… ¿y eso de ahora qué?
—He visto un video —admitió ella entre risilllas en búsqueda de ocultar su bochorno—. ¿Sabes qué significa esto?

Lo repitió. Si no es obvio ya, debo decir que me aceleró verle mover esa lengua y hacer ruidos con la misma, succionando y gimiendo, conteniendo ese fuerte grito que mantenía encerrado. Por un segundo no supe cómo actuar, y por supuesto que no sabía, no todos los días una muchacha como ella, tierna y con rostro de muñeca va por allí insinuando ha visto cómo se hace sexo oral; bueno, realmente puede que sí. Pero yo no conozco a más de ellas hasta la fecha. Ojalá fuera lo contrario; pero prosigo, que es tiempo de historia.

Entre mi finita sabiduría —la cual más que finita sería adecuado decir limitada por mi estupidez— me quedé callado, ponderando cuál debería ser mi siguiente paso. Cualquier imberbe, por más verde que fuera, sabría que hacer. Pero no fue mi caso, al menos no al momento. Me tomó mis buenos minutos, disimulando que no le había entendido. Ella guardó silencio y seguimos con la clase vacía.

¡Esa era una clara señal! Y por si el título de este relato no se los ha revelado aún, sucedió. Decidí dar un paso… o un salto, figurativamente por supuesto.

—¿Te… te gustaría intentarlo? —mi voz casi me falla, pero pude mantenerme firme. Arriba y abajo debo añadir.

Ella no dijo nada, me miró.

—¿De verdad?

Nos miramos ambos. No habían sentimientos que nos unieran, así que sobreentendimos que aquello era un experimento. Uno divertido. Acordamos vernos en el salón de clases, en uno al fondo de un corredor el cual casi ni usaban. Clase de arte, esos lienzos deben seguir en blanco hasta la fecha, lo doy por seguro.

No hubo mucho cuidado, ambos supimos lo que queríamos y acudimos a ese llamado ardiente que es el sexo. El sexo oral.

Mi pene quedó al descubierto a la altura de su rostro —ella estaba arrodillada sobre su sueter—. Miró mi miembro y fue como si quisiera grabarse su forma, tamaño y cada parte de éste. No presumo, pues no es enorme, pero es mío y me gusta. Ella parecía notarlo, pues aunque roja hasta el cuello, lo tomó y movió.

—¿Duele si hago esto? —lo apretaba. Con una mano, con ambas. Lo cerraba e intercambiaba la rapidez y fuerza.

Era torpe, una clara novata en el tema. Como yo, esa era la verdad. Aun así, era delicioso. Sus manos calientes, la fuerza sobre la cabeza de mi pene, sus dedos mojándose con el líquido preseminal. Cada vez era más resbaloso y yo apenas si podía soportarlo.

—Se siente muy bien… pero si sigues así…
—¡OH —soltó las manos— entiendo, perdón. Me emocioné.

Ella se estremeció, pero también sonrió divertida. La vista de mi pene temblando por su experiencia inexistente, lo delicioso que fue sentir sus suaves manos. Aun en manos expertas debo decir que hay algo que no se compara a esos torpes movimientos de casi cualquier primera vez. Es como cuando un mal empleado de una heladería te prepara un cono: Si no sabe muy bien cómo manejarse, terminará sirviéndote mucho más. Esto es lo mismo. Es un placer curioso e irrepetible por manos expertas. Ambas son buenas, pero cada uno tiene su encanto.

Como sea.

Le dio un beso a la punta de mi pene y sentí sus labios húmedos, carnosos y suaves. Sentía que estaba por explotar. Decidí darle una mano a ella, en parte para calmar mis ansias por liberar lo incontenible. Jugué con su vagina, sus pechos y pezones. Su lengua, la que pronto jugaría con mi pene, también la jugueteé. Dejé que mis manos se humedecieran con su boca. Encuentro algo erótico en ello.

La bese, permití que se prendiera y ardiera por sí sola con ayuda de mis igual torpes movimientos. Casi no me lo creía, estaba funcionando.

Fue cuando temblo, sacudida por un choque de fuerzas increíbles, que supe era hora de que yo sintiera ese mismo choque. La tomé de la cabeza, nunca forzándola, solo guiando sus movimientos y rapidez. Puse mi pene en sus labios y empecé.

Una delicia, con mi miembro empapado, jugando y luchando con su lengua que empujaba y abrazaba. Ese forcejeo incansable que llevaba a cabo, era como si no quisiera perder. Pero en verdad quería. Quería que su boca, su lengua me dejara abatido por el control que mantiene sobre mí al tenerme en ella.

Salía y entraba, dejando hilos de saliva colgando, conectando a mi pene y su boca. El sonido ya era imposible de ocultar, tan eróticos, sucios pero agradables para quienes forman parte de este juego. Continuó por minutos, quizá no un tiempo digno de presumir, pero sí de disfrutar. Y acabó. Solté todo en su interior, derrambándose en su boca, siendo expulsado por una cantidad que hasta hoy en día me sorprende. Su rostro de agotamiento era el reflejo del mío, de seguro. Toda batida, con mi semen chorreándose por su boca, escurriéndose por sus pechos hasta el suelo.

Una dulce y excitante experiencia. Una mamada entre mamadas.