Esclavo de mis empleadas Parte 1
Mi nombre es Juan, tengo 30 años, soy de mediana estatura y delgado. También soy el dueño de una de las sedes de la empresa de textiles de mis padres. La historia comienza hace cuatro años, es decir, cuando tenía 26. Mis padres se habían mudado a otra ciudad a crear la nueva sede de la empresa ya hace poco más de dos meses. Yo vivía sólo con mis tres empleadas. No era de muchos amigo, sí salía con mis compañeros a beber algo o cosas así, pero no tenía un verdadero amigo, ni novia. Retomando el tema de mis empleadas, eran tres: la cocinera, esbelta, de buen cuerpo, rubia, de tez blanca casi dorada, se ponía el uniforme a medias, con el delantal y el gorro, pero con unos jeans y unos tacones de plataforma negros; la del aseo, venía de Cuba, era morena, de facciones un poco más fuertes, algo corpulenta, aunque de buen cuerpo, no utilizaba uniforme, sólo usaba una camiseta y una sudadera, casi siempre andaba despelucada y descalza, nunca le critique eso porque creo que cada uno tiene su estilo y si ella se siente cómoda trabajando así, pues que lo haga; la niñera, era también rubia, aunque de tez más clara que la cocinera, se vestía parecido a la del aseo, ella cuidaba a mi sobrino, de 6 meses. Hablaban y secretaban entre ellas, eran algo arrogantes y perezosas, pero al fin y al cabo, trabajaban lo necesario. Muchos meses transcurrieron con normalidad, pero fui notando con el paso del tiempo que algo estaba pasando. Y sí, algo estaba pasando. Un sábado, desperté en un hotel, seguramente cinco estrellas y en las afueras de la ciudad, esposado a una pata de la cama. Intente safarme, pero me fue imposible, y en el intento, me tope con una nota que decía lo siguiente: “ Te preguntarás porque estás en un hotel esposado a una cama. Bueno, la verdad es que nuestro sueldo es muy bajo y el trato que recibimos no es digno, así que durante semanas planeamos una venganza. Ayer tu mismo firmaste un documento, ni siquiera te fijaste en él, debe ser por tanto trabajo, el documento esclarece que tu cedes el 50% de la empresa a tus empleadas. No lo hemos hecho oficial aún. Cuando lleguemos te explicaremos que tienes que hacer. Atentamente, tus empleadas” Pasaron unos minutos, en los que yo leía y releía de nota, me di cuenta que el hotel era probablemente el mejor en las afueras, y que había reserva en la habitación incluidos desayuno, almuerzo y cena por un mes (en la mesa de noche a mi lado estaba el papeleo). De repente, oí una puerta abriéndose y las voces de mis empleadas. Las oí por un rato en el que no habían entrado al cuarto donde me encontraba yo. Estaban comiendo o algo así. Cuando entraron lo primero que hice fue gritarles y cuestionarlas, “¿Qué están haciendo? ¿Con quien creen que se están metiendo? Las puedo demandar, ¡lo haré!” La cocinera se acercó y me propinó un golpe muy fuerte en la cabeza, quede aturdido. “Si nos vuelves a hablar así, mandaremos el documento, lo juro” Me calle por un rato, pero ahora en vez de gritarles, me lamentaba y les suplicaba “Por favor, se los suplico, no me hagan nada, por favor… por favor”. La del aseo abrió un cajón y sacó una correa de cuero con una cadena de metal, que, posteriormente, me pusieron en el cuello. “Desde ahora nos llamaras amas, y nosotras te llamaremos esclavo” Iba a decir algo, pero tal vez me pegaran de nuevo. Me mostraron el documento, lo pusieron en frente mío, lo visualice, ahí estaba mi firma, era verdad lo que ellas decían. Lo quitaron de ahí y se lo entregaron a una mujer que estaba esperando en la puerta. “Si intentas algo, esa mujer lo hará oficial” esperaban mi respuesta, pero yo no respondía “¡Di que sí, mi ama!” la del aseo me propinó otro fuerte golpe en el estómago. “Si, ama” contesté, tenía mucho miedo, creo que se me notaba en los ojos llorosos. Me desataron los brazos, y empezaron a quitarme la ropa, camisa, pantalones, zapatos, medias, calzones, hasta que quede completamente desnudo, a excepción de la correa de cuero que me habían puesto. La niñera cogió de la cadena y me llevó hasta la sala, donde había un sofá grande y un televisor. Las tres se sentaron en el sofá, y se quitaron los zapatos. La niñera colocó sus pies a la altura de mi cara, sosteniéndose con su espalda del sofá, y jaló mucho de la correa, la puso lo más atrás posible, mi cara se estrelló contra sus pies sudados y olorosos, voltee mi cabeza para evadir sus pies, pero ella los llevaba hacia donde volteara. Con su pulgar, intento abrir mi boca, y como vio que no la abría, con ese mismo pulgar y el índice apretó mi nariz hasta que no pude respirar, aguante un poco, pero al final cedí y abrí mi boca para tomar aire, ella, inmediatamente, puso los deditos del otro pie en mi boca, trate de cerrarla lo más rápido, pero ya tenía los dedos en mi boca hasta la mitad. Trate de tirar mi cabeza para atrás, pero no pude porque ella estaba jalando muy fuerte de la correa, tuve que aguantar con sus dedos en mi boca por dos o tres minutos, hasta que los sacó, y también dejó de apretar mi nariz. “Lame mis pies” dijo, mientras colocaba su pie enfrente mio, yo seguía con la boca cerrada “si no abres la boca en tres segundos…” la abrí, ella agarró mi lengua con sus dedos y la sacó. Pasó su pie por mi lengua varias veces, mientras la del aseo y la cocinera la manoseaban. Paso el exterior de su pie, hasta llegar al dedo pequeño, después pasando por todos sus dedos hasta llegar al pulgar. La del aseo me empezó a apoyar sus pies en mis mejillas, a veces metiendo su pulgar por dentro de mi boca, ya completamente abierta. Minutos después, pararon de meterme sus pies en la boca, la cocinera cogió un marcador grueso que estaba en la mesita al lado del sofá y me escribió en el pecho NUESTRO ESCLAVO. “Nunca se borrará” dijo. Ya era poco más de mediodía, la del aseo dijo que ya era la hora de almorzar. “Por hoy, pediremos servicio a la habitación, pero, esclavo, lamento decirte que también saldrás con nosotras” dijo, mientras cogía el teléfono y miraba la lista de números. Pidieron pastas con salsa napolitana y gaseosa. Tenía mucha hambre, lo último que había comido eran unas galletas el día anterior. Tocaron a la puerta, era la mujer de servicio que había recibido el sobre con el documento, seguramente era parte de todo eso, porque me miró e hizo como si nada, sólo entró la comida y se fue. Me llevaron hasta el pequeño comedor de la sala y pusieron ahí la comida, yo creía que uno de esos platos era para mi, pero no. Pusieron la correa atada a una pata de la mesa y me obligaron a quedarme besando sus dedos mientras ellas comían, tiraban pequeñas porciones de comida a sus pies, así que para yo poder comer debía hacerlo de esa manera, a veces lo que tiraban lo aplastaban y yo tenía que quitarlo del suelo con mi boca y también limpiar las plantas de sus pies, me derramaban gaseosa, en fin. Cuando acabaron, me llevaron a una habitación, abrieron un cajón y cogieron una peluca dorada con un moño, la cocinera me la puso, mientras la del aseo me maquillaba como una mujer y la niñera me ponía unas tangas rosadas. Quede como una puta sin senos y peluda. “Ok, vamos” dijo la del aseo, que cogió de la correa y, en cuatro, me hicieron recorrer todo el hotel con ellas y sus pies descalzos. Quede humillado, todos los huéspedes me vieron como un esclavo, algunos me miraban raro, pero no hacían nada porque creían que yo acepte ser esclavo. Dimos vueltas por fuera del hotel por más de una hora, ahí descubrí que si estábamos en las afueras: había mucha selva, el pavimento estaba desgastado, lo único urbano ahí era hotel. Llegadas las tres de la tarde, nos devolvimos a la habitación, que quedaba en el octavo piso, un piso más arriba estaba la piscina. Las tres pusieron sus pies sobre el comedor donde habían almorzado, estaban completamente negros, sucios. “Limpia nuestros pies esclavo” dijo la cocinera, “Si, mi ama” le respondí, mientras ella me dirigía con la correa a acostarme en la mesa. Me quitó la peluca y puso su pie arriba, yo saque la lengua y ella empezó a pasarlo por ella, me metía los dedos, restregaba lo que había lamido por mi cara, mientras yo cerraba los ojos para que no me lastimara. Hizo lo mismo con el otro pie, después con los dos, le chupe los dos pulgares, me metió sus dos pies en la boca, me dolió mucho. Lamí sus pies por media hora, termine como un constructor o un jardinero, cuando en realidad era un hombre de negocios. Sus pies quedaron limpios como los de una princesa, se puso unos tenis rosados. También lamí los pies de la del aseo y la niñera, juntaban sus pies para que lamiera los de las dos al tiempo. Quede aún más sucio, y sus pies más limpios. “Limpia todo como lo hiciste con nuestros pies, esclavo idiota” dijo la del aseo, mientras con un pie me propinaba una cachetada y se ponía la media y el tenis en el otro “Si no encontramos esto limpio ya sabes que pasa, debes estar acostado en la entrada cuando lleguemos” “Si, ama” respondí, “Dime gran ama, maldito esclavo” “Está bien, gran ama”. Cerraron el baño con llave y salieron, mientras la mujer del hotel entraba y me dejaba una barredora y una t****adora. Después salió y me dejó sólo. Intente safarme de la correa o safar la correa de la rotura, pero me fue imposible. Pensé que debería planear algo, pero también me fue imposible hacerlo, lo tenían todo muy bien calculado. Me di cuenta que seguía en cuatro y me pare, no lo había hecho desde el día anterior, se sintió muy bien. Me quite la tanga que aún tenía. Estaba muy limitado, no podía coger más ropa, no podía bañarme o siquiera lavarme la cara. Lo único que podía hacer era barrer y t****ar, y eso fue lo que hice, término todo muy reluciente y organizado, me acosté en la cama por unos diez minutos, y después recordé que debía estar acostado en la entrada. Me senté, y cuando las escuchara me acostaría. Pasaron otros diez minutos. Cuando las oí, me acosté boca arriba y espere. Abrieron la puerta y me tallaron toda la cadera y la parte posterior del torso, pero no dije nada por miedo, pasaron a la habitación caminando sobre mi estómago y pecho con sus gruesos tenis de suela. También me dolió mucho, pero seguía callado. Se quitaron los tenis y las medias. La del aseo abrió un cajón y sacó cinta adhesiva. La niñera cogió todas las medias que se habían quitado y me las metió en la boca, mientras la cocinera ponía uno de los tenis cubriendo toda mi cara, pegándole a la misma con la cinta que la del aseo le había entregado. Olía asqueroso, mucho. Pusieron. Los demás tenis en mi cuerpo. Se me dificultaba mucho respirar, pero sí podía por un hueco que quedó en el tenis. Me dejaron ahí y se fueron a ver televisión hasta la hora de cenar, lavando sus sucias y sudadas medias de lana. A la hora de cenar hicieron algo parecido a lo del almuerzo. Pidieron hamburguesa, esta vez había una para mi. La pusieron en la mesa y le metieron las medias adentro, después la aplastaron. “En cuatro” me dijo la del aseo. No hice nada, la rete. Ella cogió un látigo de púas “Empecemos con diez azotes” me azotó diez veces, lo que me dejó muchas ampollas muy dolorosas. “¡Que en cuatro, cerdo!” “… Si… mi señora” dije, con mucho temor y angustia mientras me ponía en cuatro. Empecé a comer la hamburguesa, sin utilizar las manos. Con cada mordisco llegaba a las medias, que sabían muy mal. Me como toda la hamburguesa, deje las medias ahí, ellas en ponían los pies en la boca, que estaba masticando lo último que quedaba. Ya era de noche. Me llevaron a sus camas. “Lame nuestras axilas hasta que quedemos satisfechas, desde ahora nos dirás gran y hermosísima ama” dijo la cocinera, mientras se quitaban las camisetas y escotes. “Si, mi gran y hermosísima ama”. Ellas alzaron sus brazos. Empecé a lamer sus axilas, empezando por la cocinera, que las tenía muy sudadas, no se había aplicado desodorante. Cuando lo hacía bien me cogían del pelo y guiaban mi cabeza a sus tetas, yo las lamia. Cuando termine, cogieron de mi correa y me llevaron a un armario. Lo cerraron, y por la abertura me dijeron: “Hasta mañana, esclavita, a las siete te esperamos para lamentos de axilas a pies”. Colocaron un despertador a mi lado. Tarde mucho tiempo en dormirme pero lo hice. Me desperté con la alarma, mire el despertador, faltaba un cuarto de hora para las siete. Me levante y me dirigí a la habitación de mis amas, a despertarlas con suaves besos en los pies.