EN EL TALLER, PONIENDO A PUNTO EL MOTOR
Hola, soy Dieguito, el de las tórridas siestas con papi. Pues lo prometido es deuda. Mi padre ha de mostrarme cómo se debe follar a una buena hembra, que no todo van a ser pajas compartidas. Al no poder ser con mamá, por aquello de la puta cuarentena después del parto de mi hermanita, me ha preparado una buena demostración de lo que puede gozar una pareja hetero, sobre todo si ella es una guarra y, para más morbo, casada y… morosa.
Estoy puntual en el taller mecánico que regenta mi padre. Los empleados se despiden pues es el final de la jornada laboral y papá hace tiempo porque espera a una clienta de la cual sabe que no tiene dinero para pagarle la reparación. Me hace esconder dentro de otro auto, desde donde podré presenciar toda el espectáculo. Él prepara la parte trasera de un vehículo con puerta trasera para el portaequipaje. Pliega los asientos traseros para ganar espacio y extiende una manta vieja y sucia. Espera a la clienta. Lo noto excitado: debajo de su buzo de trabajo sobresale la polla erecta. No tarda en llegar la mujer. De cuarenta y tantos años, rubia, supermaquillada, algo regordeta y con dos soberbias tetas bajo una blusa casi transparente; una ajustadísima minifalda deja ver un soberbio culo y unas buenas trancas.Toda la pinta de una puta bien reputa. Se dirige con frescura a mi padre:
– Me llevo mi carro, mañana vendrá mi marido a pagarle.
Desde mi escondite presencio toda la escena sin que ella se percate de ello.
– ¿Dónde está ahora su marido?
– Fuera, esperando. Pero ahora no porta el dinero suficiente. Mañana vendrá a primera hora a pagarle el importe de la reparación.
Mi padre se dirige lentamente hacia la puerta del taller y la cierra bruscamente. Supuestamente, están solo ellos dos en el local. Este añade:
– Ahorita mismo vas a pagar la deuda, amorcito.
Y se baja la funda de mecánico y le muestra unos calzones a punto de reventar por la polla parada que presionan.
La mujer se pone nerviosa y amenaza con gritar para que acuda el marido. Pero papá se las sabe todas. Se abalanza sobre ella y empieza a magrearle las tetas gordas como sandías. Desabrocha la blusa y empieza a mamarle los pezones duros y oscuros como castañas. La mujer simula resistirse pero ya el coño empieza a hacérsele agua. Se deja llevar hasta el coche preparado para la jodienda. Papá la tumba sobre la manta sin dejar de besarla en la boca y los pezones. El pintalabios rojo ya se ha escurrido de sus labios. Está más caliente que una mona. Papá la tumba sobre el maletero, le sube la falda y le arrebata las bragas negras de encaje. Ya está empapada de jugos la muy zorra. Papá mete su cabeza en la entrepierna de la mujer y empieza a succionarle la húmeda vagina. La muy furcia se estremece y abre bien las piernas: quiere sentir la lengua de papá en su panocha, mientras ella fricciona con fuerza el clítoris para sentir mayor placer. Ya está preparada para sentir la verga de mi padre dentro de ella.
– Seguro que el cabrón de tu marido no tiene un pollón como este – le dice mientras la penetra hasta las entrañas.
Gime la muy zorra mientras convulsiona y pide más y más. Orgasmea varias veces mientras papá retrasa la eyaculación para que yo observe debidamente lo que es chingar como Dios manda. Veo como el cipote paterno entra y sale de aquel chocho caliente y lubricado. Los huevos de papi golpean la concha y escucho el chopchop de la brutal embestida.
De repente, alguien golpea la puerta desde fuera.
– Cariño, ¿estás ahí, pasa algo?
Es el marido. El cornudo lleva un buen rato fuera esperando que su mujer salga con el auto.
La muy puta no contesta los requerimientos del esposo. Está gozando como una perra en celo. Aquella verga enorme y venosa le está produciendo un placer que no había experimentado en su vida. Se corrió una vez más, entrelazando sus piernas al trasero de mi padre y clavándole las uñas afiladas en la espalda para que no cejase en su bombeo bestial. A punto de venirse, mi padre sacó su polla del coño abierto y jugoso de su clienta y se lo acercó a la boca. La mujer lo chupó con delectación y brío, casi se ahoga con falo tan monstruoso. No tardó mi padre en correrse dentro, obligándole que tragara toda su lefada abundante y espesa.
El marido seguía golpeando la puerta del taller:
– Princesa, ¿estás ahí?
La mujer se recompuso como pudo, mi padre le entregó las llaves del auto y le permitió la salida del local. Yo ya me había hecho unas cinco pajas desde mi escondite y otras tantas me esperaban en casa.
– Señora, si tiene algún problema con el motor, vuelva – aún tuvo valor de gritar mi padre para que el cornudo escuchara.