Anal

En compañía de dos ninfómanas
Al cumplir mis veintidós años hice una pasantía en una Universidad suiza.

Los fines de semana aprovechaba cierta libertad para viajar en tren a otros lugares cercanos y, a veces, hacia otros destinos bastante más alejados.
Esa noche viajaba por Alemania, en un tren de largo recorrido. Había ocupado un compartimiento vacío y un rato después se sentaron frente a mí, dos chicas que tenían casi mi misma edad. Noté que hablaban sueco.
Ambas chicas estaban vestidas con gruesos pulóveres, pantalones de montaña bastante ajustados al cuerpo y botas para nieve. Ambas eran hermosas, una rubia y la otra pelirroja.

De repente, la rubia levantó un pie y lo apoyó sobre mi asiento, entre mis rodillas separadas. Siguió hablando con su amiga, sin mirarme.
La pelirroja se levantó, abrió la puerta del compartimiento y se alejó caminando por el pasillo.

La rubia seguía con su pie entre mis muslos, pero ahora me miraba fijamente. Comenzó a golpear mis piernas con su pie. Sonrió y de pronto abrió la boca para sacarme la lengua, burlándose de mí.
Se levantó y me dio la espalda, inclinándose para buscar algo en su mochila. Entonces pude apreciar su perfecto culo, firme, redondo y muy deseable. La raja se le marcaba bajo esa tela ajustada.
Al sentarse otra vez, pude ver que entre sus manos llevaba un consolador de hule, que colgaba de una especie de arnés…

Me miró sonriendo, mientras acercaba la punta de ese aparato a su boca.
Besó la punta y sus labios cubrieron la punta de ese consolador.
Sin dejar de mirarme, una de sus manos bajó a desabrochar los pantalones de montaña. Ahora estaba cubriendo el juguete con saliva. Eso me provocó una ligera erección y un cosquilleo en mi vientre.

Bajó el consolador y lo acercó a sus pantalones apenas abiertos en la entrepierna. Esa cosa comenzó a desaparecer entre sus muslos abiertos. Ella siguió mirándome y suspiró cuando el juguete penetró en su concha. Comenzó a mover sus caderas para acompañar la penetración.

Unos instantes después volvió a sacar el consolador, del cual colgaba un delicado hilo de fluido vaginal. Pude oler el aroma de su sexo en ese compartimiento.
De pronto se me echó encima, tratando de meter la punta de su juguete usado entre mis labios cerrados. Me acarició la mandíbula y entonces, muy despacio, yo abrí la boca…

Me la metió con suavidad, mientras me mostraba una sonrisa de lujuria total; pero enseguida apretó los dientes con rabia. Comenzó a meter y a sacar la punta de mi boca, mientras me hacía mohines con sus labios.
Yo ya no me resistí a mamar esa cosa; pero entonces la chica lo sacó de mi boca y comenzó a desabrochar mis pantalones. Me los bajó hasta las rodillas. Luego siguió con mi bóxer, hasta dejar expuesta mi verga totalmente bien tiesa y erecta.
La rubia la miró sonriendo y después se mordió el labio inferior.
Otra vez tomó ese consolador y lo acercó a mi verga, jugando con ella.

Pero entonces siguió más abajo, intentando penetrar mi estrecho ano.
Me estremecí y ella se rio a carcajadas. Ya no podía resistirme.
Esa cosa comenzó a invadir mi apretado culo. Cerré los ojos y lancé un gemido. Me acomodé un poco mejor, para que ese aparato pudiera entrar con más facilidad. Mi respiración se agitó, mientras la rubia empujaba su juguete cada vez más adentro.
Me quejé de dolor, pero la rubia me abofeteó en la cara.

De repente me la sacó y yo suspiré aliviado. Pero entonces ella se puso de pie, ajustándose con las correas ese arnés a su cintura. Me hizo un gesto para que yo me levantara. Me ordenó ponerme en cuatro delante de ella.
Arqueando mi espalda, le ofrecí mi culo mientras miraba hacia un espejo ubicado en la puerta del compartimiento. Pude ver a esa pendeja hermosa inclinándose detrás de mi cuerpo y enseguida un intenso dolor me indicó que otra vez esa verga de hule me estaba penetrando por el culo.

Mientras me sodomizaba, esa perra se apoyaba con sus pequeñas manos en mi cintura. La verga de hule salía y volvía a entrar, con mi cuerpo acompañando sus movimientos. Ella comenzó a acelerar sus embates, lo cual provocó que mis gemidos se hicieran más audibles todavía.
De repente la sacó por completo y volvió a embestirme con todas sus ganas. Todo mi cuerpo se estremeció y cerré mis ojos para aullar de placer.

Sus manos acariciaron mi cintura, mientras su cuerpo se agitaba sobre el mío. Siguió embistiéndome el culo con furia. Me miró por el espejo y me lanzó un beso, mientras continuaba penetrándome con ganas…
De pronto un impulso eléctrico recorrió mi cuerpo y sentí que me vaciaba. Miré hacia abajo y pude ver los chorros de semen que caían al piso…

La rubia sonrió satisfecho; me azotó las nalgas desnudas y se retiró definitivamente. Se quitó el arnés y cayó exhausta sobre el asiento.
Yo me quedé jadeando en el piso, todavía en cuatro patas. Entonces se abrió la puerta del compartimiento y desde el suelo, pude reconocer esas otras botas para nieve.

La pelirroja parloteó algo en sueco con la rubia y entonces pude ver en el espejo que sonreía mientras se ajustaba el arnés a su cintura…