El amigo invisible
Aquellos cinco minutos eran los únicos en todo el año en los que los intereses de la empresa quedaban por debajo de los de los empleados. Los jefes lo permitían aunque ellos no participasen. El amigo invisible que se celebraba el primer lunes después de las vacaciones de Navidad era una tradición desde hacía años, de hecho ya se celebraba cuando ella ingresó en la plantilla. Silvia echó un último vistazo furtivo, para no equivocarse, al puesto que ocupaba la chica a la que tenía que hacer su regalo, justo antes de que el trasiego de cada día a las nueve de la mañana se convirtiera en caos, prisas y carreras a través del espacio diáfano de la oficina. Mientras caminaba decidida con el pequeño paquete entre sus manos, pensaba que había sido afortunada en el sorteo, pues le había tocado una mujer, una a la que apenas trataba, cierto, pero una mujer que, Silvia creía más fácil de contentar con un regalo. Le había confeccionado un broche tal y como había aprendido en unas clases de manualidades a las que asistió el año anterior en la casa de cultura. Cuando llegó a su destino, se paró, miro un par de veces en cada dirección, y cuando estuvo segura de que nadie veía que era ella quien dejaba el paquete, lo colocó con cuidado en el escritorio. Acto seguido se marchó apresuradamente y un tanto ruborizada, como si en lugar de hacer un regalo hubiese robado una goma.

En el camino de regreso a su puesto de trabajo, Silvia se reconoció estúpidamente nerviosa. ¿Qué habrían depositado sobre su mesa?, ¿quién habría sido? Eso del regalo invisible es una tontería, ya se sabe, pero siempre hace ilusión que a una le regalen algo… Cuando sus ojos descubrieron un objeto cilíndrico, de unos veinte centímetros de largo y unos pocos de ancho envuelto en un llamativo papel plateado, esbozó una ligera sonrisa. Comenzó a abrirlo con cuidado, no quería romper el papel, pues siempre le podía resultar útil para alguna de sus manualidades. La emoción le iba ganando. Sin embargo… Si al dejar su paquete se supo ligeramente colorada, ahora de golpe sentía su cara arder. Más que descolocada, se sentía indignada, abochornada. ¿¡Una polla de plástico!?, ¿¡de verdad le habían regalado una polla de plástico!? Silvia guardó de inmediato su regalo en el bolso antes de que nadie lo viera. Afortunadamente las compañeras que trabajan a su lado todavía no habían regresado a su sitio y creía que nadie le había visto abrir su regalo. Cuando le preguntasen, que le preguntarían, diría que su regalo era el libro que, como cada mañana, se había traído para leer en el tren. Estaba tan descompuesta con su regalo que ni siquiera cayó en la cuenta de que era un libro viejo y con el sello de la biblioteca.

Antes de centrarse en su trabajo echó una última ojeada. Por si había alguien riéndose de ella en la distancia. ¿Quién había podido hacerle ese regalo tan descarado y fuera de lugar? Seguramente el gilipollas de Martínez, que la había escuchado cuando le contó a Eva que había roto con su novio. Si no era Martínez sería algún otro queriéndose hacer el graciosito. En cualquier caso seguro que era un hombre. ¿O tal vez una mujer? Dicen que nadie mejor que una mujer para conocer las necesidades de otra, pero… ¿quizás la propia Eva? No, no, era un regalo más propio de un hombre. Seguramente Silvia no se definiría a sí misma como una mujer echada p’alante, más bien al contrario, un tanto tímida, romántica y soñadora, pero tampoco era una mojigata, aunque en ese momento se sintiese escandalizada. Había tenido sus novios, y había disfrutado del sexo con ellos. Es más, hasta una vez con Marcos practicó el sexo anal, aunque eso no se lo había contado a nadie, en primer lugar porque no es la clase de confidencias que se hacen en el trabajo, pero también y sobre todo porque la experiencia no resultó totalmente satisfactoria. Pero, ¿qué hacen estos pensamientos en mi cabeza?- pensó Silvia- este regalo me tiene completamente alterada. Cerró los ojos, respiró profundo, y se centró definitivamente en la contabilidad que le esperaba sobre la mesa.

Otro día no hubiese dicho eso, pero afortunadamente aquel lunes había sido agotador. Las llamadas, aquel asiento que no conseguía cuadrar, la luz absorbente de la pantalla de ordenador… ni siquiera se acordaba de su regalo. Había evitado las pausas, la máquina de café, las idas al baño acompañada, y al salir se había puesto los auriculares para no enterarse si alguien la llamaba. Llegó a su apartamento, se quitó los zapatos y descansó. Justo antes de cenar se dispuso a preparar las ropas que llevaría al día siguiente. Para ir perfectamente conjuntada, obligaciones de una mujer de estos tiempos, tenía que cambiarse el bolso. Llevó el que había usado ese día al dormitorio y volcó el contenido sobre la cama. Sólo entonces lo recordó. El consolador. Ahora lo veía de otra manera, más relajada, menos tensa. Aunque seguía pensando que, fuese quien fuese el que le había regalado aquello, lo había hecho para burlarse de ella, se atrevió a desembalarlo, aunque no más fuera para guardar el papel en su caja de manualidades con las cuentas, los espejitos y demás. Al tener ese trozo de goma dura entre sus manos, pensó en Marcos. No es que le recordara a su ex, más quisiera él, pero pensó en su último novio. Y la sonrisa que se había dibujado en sus labios se acabó difuminando. Dejó entonces ese regalo tan especial sobre la almohada y se concentró en lo que tenía que hacer.

Al ir a acostarse, volvió a pensar en su ex. Esta vez no fue esa polla de plástico la que le hizo evocarlo. Más bien el pijama azul que vestía y que él tanto detestaba. Para él se había comprado unos camisones sexys, pero era tan friolera que siempre volvía Silvia a su cómodo y caliente pijama azul. Pensó en Marcos y pensó en el amor. Pensó en los tres meses que hacía que lo habían dejado, en las lágrimas derramadas, en los abrazos necesitados. Pensó en el amor y pensó en el sexo. En los tres meses y alguna semana que llevaba sin hacerlo, y en lo poco que lo había echado en falta. No es que sea ninguna frígida, se auto exculpó mentalmente; aunque no sea tan guapa o atractiva como otras, ella también habría podido de haber querido. Basta una dosis extra de alcohol para obviar que no quieres al tipo y engañar a tu conciencia. Pero yo no soy así- se autoafirmó-, yo creo en el amor.

Pensó después Silvia qué hacer con su extraño regalo, dónde guardarlo. Se tenía que meter a la cama y todavía no le había encontrado una ubicación. Al tenerlo en su mano, se dio cuenta que era más grande que ésta. No es que tenga Silvia las manos grandes, pero… Le dio vueltas al envoltorio de plástico transparente hasta que dio con las dimensiones: 23x7x7. ¿Existirán en la vida real cosas así? Si es el caso quizás debería salir un poco más, pensó riendo. De pronto se sentía curiosa. De pie junto a su cama abrió el envase en el que venía, y extrajo su regalo. Ni esponjoso ni de plástico duro, si es por tacto me quedo con Marcos- se dijo Silvia. Se fijó entonces en el glande tallado, en una especie de vena que surcaba el objeto de arriba abajo, y en los dos bultitos de la base. Sin saber muy bien cómo, se vio sosteniendo el objeto a unos pocos centímetros de su pecho, con la parte ligerísimamente curva apuntando a su cara, y sus dos manos apretando el tronco. Sintió la necesidad de llevarse el objeto a la boca, y lo hizo. Separó sus labios, sacó mínimamente la lengua y… por poco vomita la cena. Pudo controlar una arcada y acabó atragantándose con su propia saliva. Tiró el consolador sobre la cama y rompió a llorar. ¿Quién podía burlarse así de ella que estaba tan sola…?

El reloj en su mesilla marcaba las cuatro y algunos minutos, fuera llovía y Silvia se giró mecida en sus sueños. Sintió un roce en su cuerpo pero no le hizo caso. Se acurrucó, se cubrió la cabeza con la manta y siguió durmiendo. Sólo cuando despertó se dio cuenta que había pasado unas horas con su desconcertante regalo preso entre sus muslos. Se sonrojó. Sin tocarlo, únicamente moviendo su cuerpo, consiguió poner el objeto en vertical. Separó de pronto sus piernas, y el consolador cayó débilmente contra su pubis. Tuvo Silvia una sensación agradable que quiso repetir. Volvió a ponerlo erecto y lo empujó contra su pijama. Un cosquilleo recorrió su cuerpo. Se sentía juguetona aquel amanecer. Lo apresó de nuevo entre sus muslos y su sexo y se movió suavemente. Era agradable sentir algo duro, ahí. No se atrevía a asirlo, pero no podía dejar de sentir ese roce. Si apretaba los muslos el objeto parecía ascender entre estos, como si quisiera llegar a su lugar natural. Aunque se sintiese culpable, no podía dejar de hacerlo. De pronto sentía un calor terrible, así que descorrió la ropa de cama. Miró el despertador, todavía tenia un rato. Apoyó la espalda en el cabecero de la cama y, flexionándolas, separó sus piernas. Sentía sus braguitas pegándosele a la piel. Metió sus dedos entre su cuerpo y la ropa y tiró de estas para despegarlas. Sin saber explicar porqué, acto seguido esos dedos fueron a parar a sus labios. Los sentía ardiendo y necesitaba refrescarse. Dejó caer sus párpados, y con los ojos cerrados volvió a empujar su regalo contra su cuerpo. Lo movía entre sus muslos, también ayudándose de las manos. Sin orden ni concierto, en gestos no estudiados, simplemente lo movía. Quería seguir sintiendo ese roce duro contra sus labios vaginales y aquellos dos bultitos que asemejaban a los testículos clavándosele en el trasero. Quería seguir sintiendo el nacimiento del placer.

Sus manos abandonaron el objeto apoyado en su pubis, y ascendieron por su cuerpo. Se apretó los senos. Los apretó y dejó escapar un suspiro. Buscando un mayor contacto, una de sus manos se coló bajo sus ropas. Subió por un vientre que sentía arder y llegó a su pecho. Pellizcó y estrujó sus pezones. Su cabeza inició un movimiento hacia atrás que acabó acompañado de un gemido. Aunque renegase de ello, lo necesitaba. Su cerebro le podía decir que era una tonta por haberse puesto así la noche anterior; o por el contrario gritarle que aquello no estaba bien, pero en esas circunstancias su mente estaba completamente en blanco, solamente era capaz de sentir. Y sentía calor, y placer, y deseo, y todo nacía en el mismo lugar y se irradiaba por todo su ser. La mano que tenía libre buscó el calor. Colándola entre su piel y las braguitas pudo comprobar lo que ya sentía: estaba empapada. Agarró su regalo y lo guardó bajo sus ropas. Preso entre su cuerpo y las ropas, éste ya no tenía escapatoria. La tensa goma del pijama lo retenía contra sí, y Silvia podía utilizar ambas manos en estimular aquella parte de su cuerpo que más le hiciera sentir. Una en los pechos, la otra en el clítoris. Apretaba, pinzaba, restregaba, pellizcaba. A su libre albedrío. Tan sólo quería sentir. El calor le hizo sacarse la parte de arriba de su pijama. Luego empujó torpemente el pantalón y la braga. Quería sentirse libre. Una mano siempre en su pipa, la otra agarró su regalo. Al pasárselo sobre el sexo, sus labios se separaban, como si lo invitaran a entrar dentro. Ella no iba a poner objeciones al inesperado huésped. Lo manipuló. No sabía si empujarlo apuntando hacia arriba o hacerlo hacia abajo. No le dio más vueltas. Lo hizo con el falso prepucio mirando el techo, y una vez dentro lo giró muy despacio antes de sacárselo. Suspirando dejó caer pesadamente su cabeza sobre la almohada. Acto seguido, volvía a acometerse con su polla de plástico.

Apenas unos centímetros se adentraban en su sexo. El resto seguían ahí, asidos firmemente por su mano diestra. Empujaba, y al tiempo su otra mano ayudaba separando sus labios, para sentir en su clítoris el frío pero placentero roce del plástico. Entonces su boca se abría para pronunciar calladas exclamaciones. Un poco más adentro, un poco más- se decía a sí misma. Y la marca blanquecina que sus flujos dejaban en el objeto iba llegando un poco más allá en cada viaje, como las olas cuando mueren al subir la marea. De vez en cuando una de sus manos regresaba a su teta, para regalarse un extra de sensibilidad. Después volvía a empujar el objeto por su coño. Sólo quería sentir…
Su cuerpo le pedía movimiento. Se incorporó. De rodillas sobre la cama, el cuerpo echado hacia delante. Siempre el consolador en sus manos y entre sus piernas. Buscó postura y se sentó sobre él. Entero. Nunca hubiese creído capaz de tener algo así dentro de su cuerpo. Pero lo tenía, y era cierto. Su garganta gritando un gemido no le dejaba mentir. Sus caderas comenzaron a danzar, a moverse en círculos, meciendo suavemente el objeto que la colmaba. Se elevó y se dejó caer de nuevo. Una vez y otra. Caía sin tregua sobre sus talones, abrazando el inerte trozo de plástico en su interior. Sin unas manos que ayudasen los movimientos de su cuerpo el cansancio le ganó enseguida. Odiaba cuando no controlaba su impulso y se elevaba demasiado; entonces la polla salía de su cuerpo y caía sobre las sábanas, dejándola a ella sin viaje de vuelta.
Volvió a tumbarse. Cada segundo que no tenía ese objeto surcando su cuerpo era un segundo perdido. Se arañaba la piel, se mordisqueaba los labios. Por más que su vagina fuese un mar, su cuerpo ardía por dentro. Como un eco que se repartía rebotando por su interior, sentía las palpitaciones de su sexo hasta en el más recóndito rincón de su ser. Agarró el objeto por la base, ahora que se sabía capaz de metérselo entero no iba a desaprovechar ni un solo centímetro, y lo empujó violentamente. Una, dos, tres veces. Con todo enterrado dentro de sí, comenzó a frotarse ansiosamente el clítoris. Sus paredes parecían querer exprimir el plástico. Sus músculos estaban tensos, su cuello se elevaba por voluntad propia, como si respondiese a un resorte pulsado allá adentro. Hacía ya tiempo que había elegido sentir con los ojos cerrados. Tomó el consolador con ambas manos y comenzó a moverlo rítmicamente. Sentía sus labios abrirse, el roce de la acanaladura asemejando una vena, los falsos testículos parecían cobrar vida entre sus manos… El incansable viaje de ese ariete estaba a punto de derrumbar las puertas de su resistencia. Sabía Silvia que tenía la boca abierta, pero era incapaz de cerrarla. De ella escapaban gemidos y babas sin que ella quisiera o pudiera retenerlos. Se acercaba más y más al orgasmo y no quería darse tregua. Sus cansadas manos iniciaron un último impulso. Empujando y frotando; pinzando y sacando, su coño abierto siendo surcado en idas y venidas por un grueso trozo de falsa hombría; su clítoris echando humo. Se corría.
– Me corro- pronunció Silvia en voz alta aunque no hubiera nadie para escucharla. Después su respiración se volvió desacompasada, su cuerpo se agitó y su sedosa y lisa melena morena se convirtió en una maraña más propia de una endemoniada. Cuando abrió los ojos, se vio levitar, como si flotara en el río que inundaba su interior. El blanco techo de su dormitorio se veía al alcance de sus dedos, a apenas un palmo, pero Silvia no pensaba liberar la mano y la aprovechaba para mantener hundido su regalo en el calor de su cuerpo.

Llegó tarde Silvia al trabajo. Y todos la observaron. Se ruborizó. Ya había perdido la cuenta de las veces que lo había hecho en los dos últimos días. No le importaba. Ella también miró a su alrededor, queriendo cruzar su vista con su amigo invisible, con aquel que la había alterado tanto con su regalo, con aquel que había desatado un terremoto en su mente y un incendio en sus sentidos. Ojala pudiese reconocerlo por su mirada. Quería darle las gracias.