Anal

LA CENA
Os dejo otra de mis historias. Espero que no se os haga demasiado larga y, por cierto, en mi perfil tengo publicadas algunas historias más por si queréis leerlas. Estáis invitadas e invitados.

La cena había estado deliciosa. Tan buena que, a pesar de ser una persona que cena muy poco, aquella noche no pude evitar comer todo lo que Lorena había cocinado. Cuando me invitó a cenar a su casa no dudé en contestar afirmativamente pero desconocía sus capacidades culinarias. Había aceptado porque una invitación de Lorena no se podía rechazar. Atractiva, inteligente, soltera, con una conversación amena… efectivamente, no se podía rechazar.
Ella decidió que el postre lo tomaríamos en el salón y me invitó a que la esperara sentado en el sofá. Obedecí. Es posible que no tardara mucho en llegar al salón con el postre pero a mí me pareció una eternidad. Cuando entró por la puerta traía en sus manos una bandeja con dos platitos. Cada uno con su correspondiente mousse de chocolate y una cucharilla. “Ha acertado hasta con el postre” pensé para mis adentros. Pero no fue eso lo que llamó mi atención sino su imagen. Aquella noche de verano se había puesto un vestido negro con un estampado de margaritas. Algo sencillo y cómodo, sin estridencias ni grandes lujos pero que, en su cuerpo bronceado por el sol, lucía como la prenda más cara de la pasarela más glamurosa.
Me dio uno de los platitos y tomó otro para ella. Dejó la bandeja en la mesa que había delante del sofá y se sentó a mi lado. Ambos comenzamos a comer el postre y lo cierto es que, en cualquier otro momento y, sobre todo, con cualquier otra compañía, yo estaría con los ojos cerrados degustando el chocolate esponjoso que estaba introduciendo en mi boca. Pero, ¿cómo cerrar los ojos ante la visión que tenía delante? Mi estado debía de ser tan obvio que Lorena me dijo “pues va a ser verdad que te gusta mucho el chocolate. Se te está quedando cara de tonto con cada cucharada que metes en la boca” y soltó una carcajada. Eso me sirvió para volver a la tierra de nuevo con un pensamiento nuevo. ¿Cómo sabrían esos labios con el regusto de la mousse todavía en ellos?
La tentación fue tan grande que no pude resistirme a comprobarlo. Sin embargo, no fue un arrebato, no me acerqué a ella impulsivamente. No sabía cómo podría reaccionar, así que decidí acercar mi cara a la suya suavemente, que tuviera claras mis intenciones. Para mi felicidad, no me rechazó y dejó que mis labios llegaran a los suyos. Durante unos segundos los estuve rozando con pequeños besos. Noté que, no sólo los aceptaba, sino que respondía haciendo lo mismo. Lo siguiente fue abrir ligeramente mi boca y comenzar a succionar suavemente su labio inferior a lo que ella respondía succionando el mío. Todavía teníamos los platos en la mano y empezaban a ser incómodos. De forma que tomé el suyo y, junto con el mío, lo dejé en el suelo al lado del sofá. Me había encantado besarla pero todavía no había podido percibir el sabor de la mousse… llevé mi mano derecha a su cara y comencé a acariciarla a la vez que volvía con mi boca a la suya. Esta vez la abrí un poquito más y dejé que mi lengua buscará la suya en su boca. Comenzaron a rozarse tímidamente como si no quisieran llegar a encontrarse del todo. Las puntas de nuestras lenguas jugaban mientras mi las yemas de mis manos rozaban su mejilla. Dejamos de besarnos y separamos nuestras caras unos centímetros. Ambos clavamos nuestros ojos en los del otro. Lorena dejó escapar un hondo suspiro y se abalanzó sobre mí echándome sobre el respaldo del sofá. Su boca llegó a la mía de nuevo y nos besamos intensamente. Nuestras lenguas abandonaron la timidez inicial para rodearse y enroscarse en interminables besos. Mi mano empezó a bajar por su cuello, por su hombro, hasta que llegó a uno de sus pechos. Lo palpé por encima del vestido a la vez que bajaba con mi boca por su cuello. Ella metió su mano por debajo de mi camiseta y había comenzado a acariciar mi pecho. Mi lengua recorría su cuello haciendo paradas para que mis dientes pudieran morderlo suavemente. La mano siguió su viaje por el vestido de Lorena hasta que llegó a una de sus piernas. En ese punto el viaje dejó de ser hacia abajo y pasó a subir por aquella piel suave. Finalmente, llegó a donde quería llegar. Mis dedos comenzaron a acariciar su sexo por encima de la ropa interior. Lo frotaban haciendo círculos y provocando, después de unos segundos, que la ropa interior se mojara. Esa sensación me excitó muchísimo y provocó que mi pene reaccionara tomando más sitio bajo mis pantalones. No sé si ella se dio cuenta o fue casualidad pero, en ese momento, sentí una de sus manos acariciándome la entrepierna. Frotaba mi pene que se quedaba sin sitio y necesitaba más espacio. Se me escapó un gemido y Lorena se puso de pie. “Ven” me dijo mientras me tomaba de la mano.
Llegamos a su habitación y Lorena bajó la cremallera de su vestido. Ayudada de sus manos y de unos movimientos de cadera hizo que éste cayera al suelo. Observándola aproveché a quitarme la camiseta y a desabrochar los botones de mi pantalón. Allí estaba ella, delante de mí. Su ropa interior consistía en un sujetador y un tanga. Los dos eran de color negro. El sujetador tenía un encaje y unas flores pequeñas de color morado bordadas. El tanga era a juego y tenía una transparencia en su parte superior coronada por un lazo del mismo color que las flores. “¡No!” le dije cuando hizo ademán de desnudarse por completo. “Me gustaría hacerlo yo” añadí. Ella me sonrió y lo tomándolo por un “sí” me acerqué a ella para desabrochar el sujetador. Mientras yo realizaba la tarea sentía como sus manos tiraban de mi pantalón hacia al suelo de forma que su sujetador y mi pantalón llegaron a la vez al suelo. Como ya estaba descalzo me fue fácil deshacerme de él. Sus pechos desnudos se hicieron irresistibles para mis manos… las yemas de mis dedos empezaron a jugar con los pezones ya erectos. Los rozaban, los acariciaban, los pellizcaban suavemente… La mano derecha de Lorena se había metido bajo mi bóxer y estaba agarrando mi pene. No sólo eso. Comenzó a acariciarlo masturbándome. Tras dedicar un tiempo en acariciar sus pechos, mis manos siguieron bajando hasta que llegaron al tanga. Era precioso pero ya estaba estorbando por lo que tiraron de él y, con la ayuda de nuevo de sus caderas, cayó al suelo. Ella hizo lo propio con mi bóxer. Y allí estábamos los dos, completamente excitados, entregados a las caricias de nuestras manos… la suya bajando y subiendo por mi pene y la mía frotando su sexo, dejando que los dedos índice y corazón se abrieran paso entre los labios para acariciar el clítoris.
“Túmbate en la cama” me dijo y lo hice apoyando mi cabeza en la almohada. Ella se subió sobre mí para besarme. Nuestras lenguas volvieron a encontrarse mientras Lorena se movía sentada sobre mi pene. Era obvio que lo estaba sintiendo erecto en su sexo porque gemía cada vez que empujaba su cuerpo contra el mío. Mi excitación seguía aumentado a la vez que sus movimientos se hacían más intensos. Su boca dejó la mía se dirigió a mis pezones. Los chupó y los mordisqueó provocando que mi respiración se agitara. Siguió bajando y su sexo ya no estaba sobre el mío… ahora era su mano la que volvía a acariciarlo. Esta vez, los movimientos eran más suaves… acariciaba también mis testículos. Su boca siguió bajando por mi cuerpo hasta que llegó a mi pene. Su mano lo sujetaba firmemente y su lengua empezó a perfilar el glande. Lo rodeó una y otra vez dejando su saliva. Seguidamente, bajo con su lengua recorriendo mi pene por completo hasta que llegó a los testículos. Los acarició con la punta de su lengua y volvió a subir. Ahora abrió la boca y mi pene poco a poco desapareció dentro. “Ummmmmm” se me escapó. ¡Cómo me estaba gustando! Sí. Pero yo no podía ni quería estar quieto. “Me está encantando pero yo también quiero” le dije. Ella me entendió y se dio la vuelta. Luego se echó para atrás dejando su sexo a la altura de mi boca. La suya volvió a mi pene para chuparlo y lamerlo cubriéndolo con su saliva y yo… yo tenía su sexo delante de mí. Lo ansiaba y mucho. Así que llevé mi lengua. Quería percibir su sabor y para ello me abrí paso entre los labios de su sexo con la punta de mi lengua y la clavé profundamente. Endurecí la lengua para poder penetrarla con ella y rápidamente obtuve lo que buscaba. Comencé a percibir en mis papilas gustativas el sabor de su sexo. “Ummmmmm”. Estuve entrando y saliendo y saboreando ese néctar durante unos minutos hasta que ayudado de mis dedos me decidí a llegar al clítoris. Mis dedos separaron los labios de su sexo y apareció esa bolita, justo a donde quería llegar con mi lengua. Empecé por darle golpecitos con la punta de mi lengua para luego pasar a rodearlo haciendo círculos. Los gemidos de Lorena aumentaron y cada vez eran más intensos y esa intensidad la reflejaba en los movimientos de su boca y su lengua en mi pene. Aumenté el ritmo de los movimientos de mi lengua y, al mismo tiempo, introduje mis dedos índice y corazón en su sexo. Su orgasmo no iba a tardar en llegar. Me quedaba tratar de intentar que eso no me excitara demasiado a mí. La mejor forma era olvidarme de lo que estaba haciendo ella y centrarme en mi lengua y mis dedos. Y lo conseguí. Noté el calambre que la recorrió durante unos intensos segundos. Su cuerpo se tensó y comenzó a intercalar gemidos con gritos. Su respiración se entrecortaba y sólo acertaba a decir “Sí”. Durante su orgasmo se olvidó de mi pene cosa que agradecí. No quería acabar tan pronto. No porque quería clavarme profundamente dentro de ella. Y, como si lo hubiera adivinado, Lorena se sentó sobre mí. Sin darse la vuelta, todavía de espaldas, tomó mi pene con su mano derecha y lo llevó a la entrada de su sexo. Introdujo el glande y se sentó suavemente sobre él. Nuestras salivas habían hecho bien su trabajo y mi pene resbaló sin dificultad dentro de ella. Cuando sintió que estaba profundamente clavado, Lorena empezó a moverse haciendo círculos. La sensación que yo tenía era rara. Mi pene estaba completamente mojado pero percibía el calor de su sexo sobre él.
Los movimientos de Lorena sobre mí empezaron siendo lentos, subiendo y bajando, pausadamente, como si quisiera sentir cada centímetro dentro de ella. Yo aprovechaba para acariciar su espalda, para arañarla, incluso. Poco a poco, aumentó el ritmo y con ello sus gemidos también. Mis manos bajaron a sus caderas y la ayudaban con sus movimientos. Las respiraciones volvían a entrecortase y le pedí que parara. Le pedí que se pusiera a 4 patas y lo hizo. Tome mi pene con la mano y desde atrás lo llevé a la entrada de su sexo. Esta vez no entré suavemente sino de golpe y ambos comenzamos a gemir de nuevo. Chupé mi dedo índice y lo llevé a la entrada de su culito. Empujé suavemente y conseguí que entrara unos centímetros. Lorena soltó un gritito y decidí sacarlo. “No. No lo saques. Mételo de nuevo” me pidió. Y así hice. Mi pene penetraba su sexo y mi dedo entraba y salía de su otro agujero. Poco a poco aumenté el ritmo y Lorena me dijo “Me voy a volver a correr”. No pasaron ni cinco segundos cuando su cuerpo volvió a contraerse. No sé si el segundo orgasmo fue más intenso que el primero pero sí sé que sus gemidos, casi gritos, fueron más intensos.
Cuando se serenó un poco se giró y llevó su boca a la mía. Nos comimos… ya no eran besos. Devoramos nuestros labios, nuestras lenguas. “Túmbate otra vez y abre las piernas” me dijo. Luego se colocó entre ellas y tomó mi pene con su mano. Abrió su boca y lo metió dentro. Estaba claro lo que buscaba y lo iba a conseguir. Yo también lo estaba deseando. Su boca se movía rápidamente por mi pene y, a medida que mi orgasmo se iba acercando un pensamiento se apoderaba de mi cabeza “¡que no aparte esa demoniaca boca de mi pene, por favor!”. Mis testículos se endurecieron… iban a estallar. “¡Me corro!” grité y mi semen comenzó a salir bruscamente de dentro y sí. Tuve suerte. Lorena no apartó la boca de mi pene. Me vacié en su boca mientras ella no paraba de moverla. Pude ver cómo el semen salía de su boca para resbalar por mi pene hasta llegar a mi vientre y mis testículos. No se me ocurrió cerrar los ojos como hice en otros orgasmos. No quería perderme esa imagen porque alargaba e intensificaba aún más mi orgasmo.
Aquella noche decidí quedarme a dormir. Ella me invitó y no lo rechacé. Si la noche había sido así… por la mañana quizás… Pero aquello fue otro día y otra historia.