Anal

El Caballo Dorado … Primera Parte
No es la primera vez que me las tengo que ver sola. Aunque ahora con tres hijos es más complicado. Lo bueno es que ya había empezado a buscar opciones desde antes de que Julio me mandara al diablo. Voy a ver de nuevo a Pedro, me dijo que me diera una vuelta en dos semanas a ver si se abría la plaza de recepcionista en la pizzería de la López Mateos en Neza. Desde entonces ya pasaron cuatro semanas, no pensé que me fuera a urgir la chamba, lo bueno es que creo que le gusté para ese puesto. Me voy a poner minifalda, a ver si eso lo convence. No me queda tan lejos, pero aún así, se hace como media hora de transporte.

– ¡Hola! ¿cómo estás? – saluda Liliana, al tiempo que le da un beso en la mejilla.

– Hola, espérame un momentito, déjame acabar de despachar esta orden.

Liliana obedece y se sienta en una de las mesas desocupadas. Juega con su celular y alzando la vista descubre enfrente un bar con un letrero en el frente que dice: “Se solicitan meseras con buena presentación”.

– Ahora sí, ¿qué crees?, pues que no se ha aprobado la plaza, yo le sigo insistiendo a mi jefe, pero no se decide.

– Qué mala onda, y yo que me di la vuelta hasta acá en balde.

– Por que no me has querido dar tu teléfono.

– Es que la otra vez era muy pronto, y no sabía bien tus intenciones cuando me lo pediste. Tenía novio y no quería más problemas. Oye, ¿y allá enfrente? ¿cómo ves?

– No, allá enfrente está grueso, si quieres ve y pregunta, pero yo que tú no iba.

– ¿Por?

– No sé, pero me da mala vibra. Mira, en media hora termina mi turno, si me esperas te doy aventón, como la otra vez, al fin que mi casa está rumbo a la tuya.

– Va, gracias. Regreso en media hora.

Pese a la opinión de Pedro, Liliana cruza la calle y entra a preguntar en el bar de enfrente. El bar sin funcionar, por ser aún temprano, tiene un aspecto sombrío, pudiera decirse abandonado. Las mesas con las sillas superpuestas, y la poca luz poco hablan de la algarabía y actividad que en la noche viven. Saluda al espacio en penumbras, una voz desde el fondo responde, y una silueta aparece.

– Leí el letrero de afuera, ¿qué se necesita para el puesto de mesera?

El hombre de mediana edad revisa la figura delgada y de hermosas piernas que frente a él pregunta informes, evaluando si se ajusta a los requerimientos del puesto.

– Se trata de un puesto de mesera con criterio amplio.

– ¿Cómo es eso?

– Pues atiendes a los clientes, y si te piden que brindes con ellos, te sientas a compartir la bebida con ellos. No pagamos sueldo fijo, pero te llevas una comisión por la bebida que ellos consuman y además la propina que te quieran dar.

– Entiendo – responde Liliana comprendiendo la respuesta que le dio Pedro momentos antes. Este trabajo no le interesa, pero no quiere verse espantada ni descortés, por lo que sin saber por qué, pregunta fingiendo estar interesada:

– ¿Y de qué horas a qué horas sería el turno?

– Abrimos a las ocho, pero las chicas, digo, las meseras llegan a las nueve y se van hasta que cerramos en la mad**gada, a veces cerramos antes, a las doce, si no hay movimiento, o si está muy animado cerramos a las tres de la mañana.

– Ah, ok, pues gracias.

– ¿No te interesa? Tú podrías ganar buena lana aquí.

– Lo voy a pensar, muchas gracias.

Sale precipitadamente del lugar, pensando en la vida que tendrán las pobres “chicas” que tienen que trabajar ahí. Regresa a la pizzería y momentos después se sube en la motocicleta que Pedro usa para transportarse. La minifalda no es una buena idea para usar en estos vehículos, se dice, pero siendo la mejor opción para regresar a casa, no le queda otra que mostrar sus piernas a los transeúntes y automovilistas abrazada a Pedro, mientras circulan por las calles y avenidas de Ciudad Nezahualcóyotl, rumbo a Chimalhuacán.

– Bueno, hasta aquí llego, creo que ya estás cerca de tu casa.

– Sí gracias.

– ¿No me vas a dar tu teléfono?

– Mejor dame el tuyo y yo te llamo la semana que entra a ver si hay algo.

– Ok, pero me llamas.

Liliana registra el teléfono de Pedro entre sus contactos y con un beso en la mejilla se despide convencida de que tiene que seguir buscando.

—–

Otra vez nos quedamos sin nada que comer, piensa Liliana al tiempo que se levanta y ve a sus hijos durmiendo.

Angustiada, por no saber qué hacer, un destello en su mente aparece, “Se solicitan meseras con buena presentación”.

Sin pensarlo más, se arregla buscando quedar muy provocativa y se dirige al bar. Lee con detenimiento el nombre del establecimiento “El Caballo Dorado”. Entra, ahora sin saludar desde la puerta, se aproxima al fondo y pregunta:

– ¿Hay alguien aquí?

Un rostro ya conocido asoma tras la puerta de la cocina, su mirada se enciende al ver a esa misma mujer delgada que ahora viste minifalda y escote, muy maquillada, en realidad toda una hembra, se dice a sí mismo.

– Hola, ¿ya te decidiste?

– Sí, ya. ¿Cuándo puedo empezar?

– Esta noche, ya sabes, te espero a las nueve. Las chicas te irán dando más tips sobre lo que debes hacer y cómo. Te va a ir bien, ya verás.

Llega al Caballo Dorado poco antes de las nueve, solamente hay dos mesas ocupadas, ella calcula sin contarlas que son cerca de 30 mesas. El local es amplio y cuenta con un estrado para que los grupos musicales toquen su música para animar el lugar. La pista de baile es reducida, las luces que iluminan el antro (ahora ya sabe que así debe llamarle) modifican la atmósfera, ya no es sombría, ahora se percibe un algo que esconde deseo.

– Lizy, ella es – … interrumpe la presentación el gerente al darse cuenta que no sabe el nombre de Liliana.

– Lilí – completa Liliana con una sonrisa.

– Ella es Lili, se acaba de unir al team, ya sabes, hay que ambientarla y enseñarle sus responsabilidades. Nos conviene a todos que le vaya bien – termina su presentación con un guiño.

Lizy revisa a Liliana, tiene buena figura, le falta un poco de coquetería, ya le irá enseñando.

– Hola cariño, bienvenida al Caballo Dorado, espero que te acomodes con la chamba, al principio cuesta trabajo pero ya irás viendo como hacértela más fácil. ¿Eres de aquí?

– ¿De Neza? No, soy de Chimalhuacán.

– Bueno, no te queda lejos. Al salir puedes tomar un taxi del sitio que está en la contra esquina, son cuatitos, y ya verás que no se pasan, nos respetan, saben que no lo hacemos por gusto sino por necesidad.

Liliana agradeció las palabras y en el fondo la actitud, en realidad sentía que la estaban integrando a la comunidad. Las explicaciones le recordaron la capacitación de Luis, en cierta forma había muchas cosas similares, solo que aquí no se hacía tanto énfasis en la manera de servir la bebida o la comida, sino de empujar al cliente a que brindara más seguido. Aunque no hay una regla escrita, existe una cuota diaria a cumplir, lo que permite medir la efectividad de la chica, así se lo explica Lizy. Te dan el 5% del consumo, que es una madre, así que lo que vale es aplicarse con los clientes para que te den propina. La ventaja es que tú los escoges. La técnica es ésta. Nos sentamos en una o dos mesas, dependiendo de cuántas nos juntemos ese día, bueno, esa noche, y observamos a los clientes, vemos quiénes son los que consumen y quiénes se están haciendo pendejos con una copa. Estos últimos no los peles, no los vas a hacer consumir mucho, pero los que sí chupan son lo que luego se ponen muy generosos con las propinas. ¿Que cómo le haces para que te den propina, pues eres mujer no? Ya sabes, hay que provocarlos, tocarles por aquí y por allá sin que sea muy obvio, así como que se te escapó la mano, dejar que sus manos te exploren, pero sin llegar a tanto, a veces, si está muy generoso, sí le dejas que te meta la mano. Y lo más importante, déjalo hablar todo lo que quiera y tú ya sabes, bien interesada en lo que está diciendo. Y terminando de dar este último consejo, le gana la risa. Para tenerlos hablando hay que estar preguntando. Y admirarse de sus aventuras, o festejarlas. Mientras más maravilloso se sienta, más te va a recompensar tu compañía.

Las demás chicas llegan, y una a una son presentadas con Liliana. Lizy, Fanny, Karen, Jenny entre otras forman el staff de meseras del antro, la sientan en su mesa y le van dando indicaciones sobre quién es quien entre los clientes que frecuentan el lugar. Esa noche fue una noche floja, pocos clientes, y Liliana regresa a casa con menos de lo que se fue, pero no va a darse por vencida a la primera. Víctor la aguarda con un café, como lo hace cuando ella sale con Julio.

Poco a poco, en cada nueva visita al antro, va conociendo mejor el movimiento y se va dando a conocer. Siendo “la nueva”, su presencia llama la atención, pero por el momento nunca aborda a una cliente sola, una de las chicas con experiencia la acompaña para ir afinando su técnica. Después de estar con los clientes, nuevos consejos le ayudan a entender mejor cómo manejar la situación. El ingreso empieza a fluir, pero no es suficiente aún, con las constantes desveladas ya no le es posible levantarse en las mañanas para llevar a sus hijos a la escuela. Iván se ha hecho cargo de esa tarea. Víctor no vive con ellos y sólo las veces que llega a esperarla por las noches, es cuando al despertar lleva a los niños a la escuela. Liliana siempre recoge a sus hijos del colegio y eso le permite estar al tanto de sus avances y sus necesidades. El horario por las mañanas no es lo más indicado, el siguiente ciclo escolar los inscribirá en horario vespertino, piensa, mientras regresa acalorada por el sol que, este día, decidió hacerse presente con más ahínco. Una paleta helada en el camino de regreso de la escuela compensa esta furia solar.

Ya van varias veces que Jorge (como dice llamarse) la llama a su mesa y beben hasta que cierra el antro. Algo hay en él que intimida, pero no va a desperdiciar esta oportunidad de conseguir más dinero. Ya casi se pone al corriente con la renta. Ha sido muy buena gente el casero, claro que hay que dejarlo disfrutar visualmente cuando negocia con él. Y de alguna manera tendrá que cumplirle con la invitación a salir que ha logrado esquivar hasta ahora. Jorge la trata ya como de su propiedad. Cuando llega, ella deja todo para ir hasta él sin que la llame. Su mano ya recorrió toda su piel, y es ahora que le pide ir con él al hotel. Este momento ya era predecible, las chicas le han dado algunos consejos que con los nervios no recuerda. Jorge paga la cuenta y sale de la mano, como su pareja. El auto que maneja es negro y grande, alguien le dirá luego qué marca y modelo es. Se dirigen a un hotel cercano para aprovechar la noche. En el camino Jorge le comenta sobre su jefe al que le llaman El Tío. Él ya le ha hablado de Liliana y quiere conocerla. Eso será en otra ocasión, esta vez ella dará un servicio, el primero en su vida como profesional. Las experiencias sexuales pasadas le son ahora de mucha utilidad. Sin embargo, Jorge no es alguien que la busque por ser ella, sino por ser su puta, su juguete. Lo entendió desde el primer momento cuando ya en el cuarto empezó a recibir órdenes:

– Quítate la ropa, pero te dejas la tanga.

Liliana obedeció y recordando lo que le dijeron sus compañeras, lo hizo despacio y tocándose. Vio como Jorge la miraba con deseo. De pronto, sin que ella lo esperara, Jorge la toma de los cabellos y la pone en cuatro sobre la cama. Se desabrocha el pantalón y saca su herramienta, que con los contoneos de Liliana, se le puso dura y firme. Y sin más, la penetra por el culo. Un grito de dolor sale de la garganta de Liliana. Prácticamente la estaba violando, pero para su sorpresa, eso le gustaba. Le gustaba ser usada. Le gustaba complacer, no importando el dolor físico que sintiera. Supo con ese dolor que era una puta, siempre lo había sido, la puta de su abuelo a sus cinco años, la de su primo a sus once años y ahora la de Jorge, cobrando por ser usada. Una sensación nueva.

Jorge la puso luego boca arriba y nuevamente de los pelos jaló su cabeza para que se la mamara. La verga de Jorge no era grande pero muy gorda, apenas si cabía en su boca. La chupó como sabía hacerlo, dejando que sus labios la recorrieran desde la base hasta la cabeza, y luego se la empezó a lamer, suavemente, los huevos primero, y subiendo su lengua, llegó a la punta para volver a chuparla varias veces, y así, estuvo repitiendo su masaje oral. Jorge se desnudó también y le arrancó la tanga. Su sexo era violento, y eso la excitaba. Boca arriba, subió sus piernas para ponerlas sobre los hombros de Jorge, quien se recostó sobre ella, en la posición de misionero. Su vagina escurría llena de excitación, se maravillaba que le fueran a pagar por recibir placer. Jorge empezó a aumentar el ritmo de sus embestidas, cada vez más fuertes y cada vez más rápidas. Su clítoris recibía esa estimulación con gran intensidad, dos o tres veces se vino hasta que Jorge gimiendo dejó salir su esperma. El calor que la inundó le hizo sentir una paz que era como la satisfacción de deber cumplido. Mañana tomaría la pastilla para evitar algún embarazo. La condición que Jorge le puso para irse con ella fue que debería ser sin condón. Necesitaba el dinero y lo aceptó.

Su comportamiento en la cama y en el auto rebasan las expectativas de Jorge. La recompensa monetaria también sorprende a Liliana, es mucho mayor de lo que espera. Al terminar él se ofrece a llevarla a su casa. Ella declina la oferta, ya le han advertido sus compañeras que nunca debe dejar que un cliente sepa donde vive. La deja en el sitio de taxi más cercano. Un mensaje de whatsapp de Karen, con quien se ha ido identificando cada vez más, le pregunta sobre su estado. <> es el texto de respuesta. Mañana le contará el pago que recibió.

La vida de Liliana ha dado un giro completo, la abundancia empieza a hacerse presente en su casa. Los niños ya tienen alimento, casa y ropa. Inclusive, se puede decir que adopta a Víctor, su pareja. Su presencia se hace necesaria porque ahora ella queda muy agotada de sus jornadas nocturnas. Cuando llega, Víctor se despierta y le prepara una taza de café, bien cargado, como le gusta. Le soba los pies, y se entera a grandes rasgos de la clientela que atendió. Jorge ha estado faltando mucho, pero un ingeniero de edad avanzada ha estado mostrando también mucho interés por ella. Aún no han ido al hotel, pero no debe tardar en invitarme, le dice. Víctor sonríe. Está con ella, eso es lo importante.

– Como ya quedamos, esta noche te llevo con mi jefe, si te portas como lo haces conmigo, le vas a gustar mucho, y él es muy generoso cuando se siente satisfecho – le comenta con autoridad Jorge.

Liliana asiente con la cabeza y le da un beso. Se levantan de la mesa y tomada de la cintura caminan hacia el estacionamiento.

…. Continuará